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¿Con quién viviremos cuando seamos mayores?

Para finalizar el curso, se suponía que os traeríamos al ganador del premio #Calamar17. Pero este año no ha habido ninguna propuesta. Pero no os preocupeis, os traemos un tema que no producirá ninguna sonrisilla, pero si que espero os sirva para reflexionar.

Y es que es el tema de mi futuro, y sobre del vuestro, y el de todos los que seremos mayores. Y es que trata de algo tan sencillo y original como si nuestros hijos cuidarán de nosotros cuando seamos mayores.

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La vocación del médico. El don del GERIATRA.

Quiero ser médico, le dijo un día a su madre.

Lo curioso de esta frase es que la interesada tenía 3 años. Su madre pensó que podía haber elegido esta como cualquier otra profesión, ya que no había ningún antecedente de este tipo en la familia. Lo más cercano era su abuela, que ejercía de matrona desde los 15 años.

A los 6 ya jugaba a poner inyecciones a una patata. Era tan tímida que en el colegio la llamaban “la rarita”. Le costaba mucho relacionarse con los demás.

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Después de varios años continuaba diciendo que quería ser médico. Esto preocupaba a su madre porque supongo que pensaría que esa niña tan frágil, tan vergonzosa, tan introvertida no podría soportar ver las cosas que un médico pasa a lo largo de su profesión.

Según pasó el tiempo terminaron sus años de introversión. Tenía muchos amigos y se caracterizaba por intentar ayudar a todo el que podía, o que quería dejarse ayudar.

Con 12 años le pidió a su abuela ver un parto. Quizá pudiera ser ginecólogo de mayor, pensaba para sus adentros. A su madre le pareció muy buena idea, ya que al ver tanta sangre quizá se le quitaran las ganas de estudiar medicina, pero nada más lejos de la realidad. Estaba muy emocionada, pero cuando vio nacer a aquel niño, que de momento no lloraba, de repente se le pasó por la cabeza que quizá podría morir. Le recorrió un gélido escalofrío. No podía llegar a comprender que a un niño le pudiera pasar algo, que estuviera enfermo. Pero efectivamente se dio cuenta en ese mismo momento que era posible. Así decidió que no le gustaban los niños. Y lo siguió manteniendo a lo largo de todos los años de su vida. No como algo despectivo, sino como imposibilidad de ver sufrir o enfermar a un ser indefenso y puro. Tuvo claro que jamás sería pediatra.

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Pasó el tiempo y finalmente llegó a la Facultad de Medicina. Se sintió afortunada, y todo aquel esfuerzo de tantos años de estudio dio su fruto. Pudo estudiar lo que siempre había ansiado. Hubo de todo. Paseos en tren, nuevos amigos, partidas de mus, amores, desamores… Estudio y esfuerzo. La vida del médico es esfuerzo puro y duro. No sé si les pasará a muchos, pero en 3º de carrera le surgió la duda de si serviría para esto. Pensó dejarlo, pero su madre veló por sus deseos más profundos y así continuó.

En ese momento comenzó el contacto con el paciente. A ella le gustaba la cirugía. Le encantaba mirar por dentro. Como a los nigromantes de antaño. Se lavó en alguna ocasión. Disfrazada de cirujano disfrutaba viendo a aquellos magos de las manos. De las manos y del control. Templanza, sabiduría, orientación, rapidez… e intuyó que, a veces soledad. El paciente delante y el cirujano solo, tomado esta frase como el sentimiento de uno de ellos. Ella que se conocía perfectamente y sabía sus deficiencias pensó que no era la persona indicada.

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Y entonces ocurrió. Descubrió la medicina pura y dura. Descubrió el médico que llevaba dentro. Se dio cuenta que le gustaba ver y mirar a las personas, hablar con ellas, descubrir cosas. Diagnosticar, le decían desde que empezó la carrera, el arte de diagnosticar. A ella le seguía pareciendo un arte la cirugía, pero usaba sus ojos, sus manos y sus oídos, fonendo en mano, e intuía cosas. Cosas que luego a veces pasaban. La mayoría de las veces. Y todavía le sigue dando miedo.

Le daba mucha rabia cuando hablaban a los niños como si fueran tontos. Se dio cuenta que en las plantas, en la urgencia y en general también lo hacían con los mayores. Con los abuelos, viejos, ancianos, yayos, carcamales, vejestorios… oía de todo. Todo esto le daba mucha rabia. Le daba mucha pena que a aquellas personas indefensas, pero con tanta sabiduría detrás les trataran como a simples bebés. Daba igual que tuvieran demencia, o que estuvieran sordos, o que estuvieran perfectamente. Daba igual. Si tenían más de 70 ya no era lo mismo. Ya no se les daba las mismas oportunidades. Lo siento, quizá no guste, pero a veces es así.

Se veía continuamente en la urgencia hablando con ellos. Pedía ver a los más mayores, cuanto más mayores mejor. Los de noventa, sus favoritos. Eran un pozo de autoridad, poder, prestigio, crédito. Los pseudosinónimos de viejo. Le encandilaban. Y ella les caía bien. Veía cosas en ellos que los demás no veían, incluso aborrecían. Entonces se enteró que había una especialidad que, en principio, sólo trataba a estos pacientes. Así que decidió hacer geriatría. Curiosamente descubrió el don de tratar con los mayores en un internista. Fue el Ángel que le enseñó el respeto, la habilidad, la justicia de tratar con estos pacientes. También hay médicos de otras especialidades con este don, doy fe porque ahora trabaja con una de ellas. No hay nada mejor que el equipo. En su caso, este equipo tan raro y a veces despreciado como es el internista-geriatra.

Al principio sus compañeros de facultad le decían que si estaba loca. Que se le iban a morir todos los pacientes. Que qué especialidad era esa. Pero tan cabezota y segura como siempre, empezó Geriatría. Pensó que no iba a saber hacer otra cosa en su vida. Así fue.

Entonces fue cuando comenzó todo. En la carrera nunca había sido brillante. Pero con los pacientes era otra cosa. Disfrutaba. Encontró nuevos amigos y predecesores (también como pseudosinónimo de anciano) que la enseñaron todo lo que sabe ahora. Les siguió, y aprendió. Y le decían que tenía ese don del Geriatra. Porque esa especialidad repudiada por muchos es la que ella quería y tuvo la suerte de poder hacer.

El geriatra. El que ve cosas que están “escondidas”. El que pone de pie a sus pacientes y consigue que vuelvan a andar. El que quita pastillas además de ponerlas cuando está indicado. Diagnostica infecciones de orina viendo a un paciente agitado. Desestima el término demencia senil y busca un diagnóstico y un tratamiento adecuado. El que trata a cada paciente individualmente, teniendo en cuenta su situación basal funcional, mental y social. Busca síndromes geriátricos, que influyen mucho en la evolución de los ancianos. El que toma decisiones a diario tan relevantes como hacer o no hacer, seguir o no seguir, tratar o no tratar, trasladar o no trasladar, reanimar o no reanimar….

La geriatría es probablemente la especialidad con mayor dificultad en la toma de decisiones. Con los jóvenes no hay duda. Se hace y punto. Pero estamos en un momento de la medicina donde no todos los pacientes mayores de 65 años son geriátricos, y hay pacientes muy jóvenes con patologías y secuelas de enfermedades tan brutales que se comportan como tal. ¿Estaremos ante el nuevo paciente geriátrico del siglo XXI? ¿Estaremos ante el nuevo paciente no geriátrico del siglo XXI? ¿Aquellos que viajan, esquían, manejan internet y a Siri como algo integrado en sus vidas de 80 años? ¿Acaso tienen ellos menos oportunidades que yo, por ejemplo? Lo hablamos muy a menudo. Los geriatras saben mucho de daño adquirido. Y de la promoción de la salud en pacientes de 90 años. Saben mucho del término medio. Saben no pasarse pero sin miedo a llegar cuando hace falta.

Pasión, amor, miedo, entrega, errores, estudio, aprendizaje, sexto sentido, tiempo… y toma de decisiones. Con los tiempos que corren ahora, la he oído decir alguna vez que no repetiría, pero estoy seguro que si volviera a nacer, volvería a ser médico. Y volvería a ser Geriatra.

El ejercicio es buenísimo para tu salud

No sé si alguno de vosotros corre. Si lo hacéis, seguro que alguna vez cuando lo comentáis, seguro os han dicho: “correr es cosa de cobardes”. Y si hacéis otro deporte seguro que os habrán dicho algo similar para desanimaros a seguir haciendo deporte.

Pues no hagáis caso. Como decíamos la semana pasada haced ejercicio, deporte, actividad física, algo, da igual la edad que tengáis. Por vosotros, por vuestra salud.

Y es que el ejercicio no es que sea bueno, es que mejora la salud de todos. Pero no lo digo yo, es que acaba de decir un artículo del lancet, que es una de las mejoras revistas sanitarias del mundo.

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Foto cedida por @Cal_Moures

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