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La vocación del médico. El don del GERIATRA.

Quiero ser médico, le dijo un día a su madre.

Lo curioso de esta frase es que la interesada tenía 3 años. Su madre pensó que podía haber elegido esta como cualquier otra profesión, ya que no había ningún antecedente de este tipo en la familia. Lo más cercano era su abuela, que ejercía de matrona desde los 15 años.

A los 6 ya jugaba a poner inyecciones a una patata. Era tan tímida que en el colegio la llamaban “la rarita”. Le costaba mucho relacionarse con los demás.

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Después de varios años continuaba diciendo que quería ser médico. Esto preocupaba a su madre porque supongo que pensaría que esa niña tan frágil, tan vergonzosa, tan introvertida no podría soportar ver las cosas que un médico pasa a lo largo de su profesión.

Según pasó el tiempo terminaron sus años de introversión. Tenía muchos amigos y se caracterizaba por intentar ayudar a todo el que podía, o que quería dejarse ayudar.

Con 12 años le pidió a su abuela ver un parto. Quizá pudiera ser ginecólogo de mayor, pensaba para sus adentros. A su madre le pareció muy buena idea, ya que al ver tanta sangre quizá se le quitaran las ganas de estudiar medicina, pero nada más lejos de la realidad. Estaba muy emocionada, pero cuando vio nacer a aquel niño, que de momento no lloraba, de repente se le pasó por la cabeza que quizá podría morir. Le recorrió un gélido escalofrío. No podía llegar a comprender que a un niño le pudiera pasar algo, que estuviera enfermo. Pero efectivamente se dio cuenta en ese mismo momento que era posible. Así decidió que no le gustaban los niños. Y lo siguió manteniendo a lo largo de todos los años de su vida. No como algo despectivo, sino como imposibilidad de ver sufrir o enfermar a un ser indefenso y puro. Tuvo claro que jamás sería pediatra.

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Pasó el tiempo y finalmente llegó a la Facultad de Medicina. Se sintió afortunada, y todo aquel esfuerzo de tantos años de estudio dio su fruto. Pudo estudiar lo que siempre había ansiado. Hubo de todo. Paseos en tren, nuevos amigos, partidas de mus, amores, desamores… Estudio y esfuerzo. La vida del médico es esfuerzo puro y duro. No sé si les pasará a muchos, pero en 3º de carrera le surgió la duda de si serviría para esto. Pensó dejarlo, pero su madre veló por sus deseos más profundos y así continuó.

En ese momento comenzó el contacto con el paciente. A ella le gustaba la cirugía. Le encantaba mirar por dentro. Como a los nigromantes de antaño. Se lavó en alguna ocasión. Disfrazada de cirujano disfrutaba viendo a aquellos magos de las manos. De las manos y del control. Templanza, sabiduría, orientación, rapidez… e intuyó que, a veces soledad. El paciente delante y el cirujano solo, tomado esta frase como el sentimiento de uno de ellos. Ella que se conocía perfectamente y sabía sus deficiencias pensó que no era la persona indicada.

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Y entonces ocurrió. Descubrió la medicina pura y dura. Descubrió el médico que llevaba dentro. Se dio cuenta que le gustaba ver y mirar a las personas, hablar con ellas, descubrir cosas. Diagnosticar, le decían desde que empezó la carrera, el arte de diagnosticar. A ella le seguía pareciendo un arte la cirugía, pero usaba sus ojos, sus manos y sus oídos, fonendo en mano, e intuía cosas. Cosas que luego a veces pasaban. La mayoría de las veces. Y todavía le sigue dando miedo.

Le daba mucha rabia cuando hablaban a los niños como si fueran tontos. Se dio cuenta que en las plantas, en la urgencia y en general también lo hacían con los mayores. Con los abuelos, viejos, ancianos, yayos, carcamales, vejestorios… oía de todo. Todo esto le daba mucha rabia. Le daba mucha pena que a aquellas personas indefensas, pero con tanta sabiduría detrás les trataran como a simples bebés. Daba igual que tuvieran demencia, o que estuvieran sordos, o que estuvieran perfectamente. Daba igual. Si tenían más de 70 ya no era lo mismo. Ya no se les daba las mismas oportunidades. Lo siento, quizá no guste, pero a veces es así.

Se veía continuamente en la urgencia hablando con ellos. Pedía ver a los más mayores, cuanto más mayores mejor. Los de noventa, sus favoritos. Eran un pozo de autoridad, poder, prestigio, crédito. Los pseudosinónimos de viejo. Le encandilaban. Y ella les caía bien. Veía cosas en ellos que los demás no veían, incluso aborrecían. Entonces se enteró que había una especialidad que, en principio, sólo trataba a estos pacientes. Así que decidió hacer geriatría. Curiosamente descubrió el don de tratar con los mayores en un internista. Fue el Ángel que le enseñó el respeto, la habilidad, la justicia de tratar con estos pacientes. También hay médicos de otras especialidades con este don, doy fe porque ahora trabaja con una de ellas. No hay nada mejor que el equipo. En su caso, este equipo tan raro y a veces despreciado como es el internista-geriatra.

Al principio sus compañeros de facultad le decían que si estaba loca. Que se le iban a morir todos los pacientes. Que qué especialidad era esa. Pero tan cabezota y segura como siempre, empezó Geriatría. Pensó que no iba a saber hacer otra cosa en su vida. Así fue.

Entonces fue cuando comenzó todo. En la carrera nunca había sido brillante. Pero con los pacientes era otra cosa. Disfrutaba. Encontró nuevos amigos y predecesores (también como pseudosinónimo de anciano) que la enseñaron todo lo que sabe ahora. Les siguió, y aprendió. Y le decían que tenía ese don del Geriatra. Porque esa especialidad repudiada por muchos es la que ella quería y tuvo la suerte de poder hacer.

El geriatra. El que ve cosas que están “escondidas”. El que pone de pie a sus pacientes y consigue que vuelvan a andar. El que quita pastillas además de ponerlas cuando está indicado. Diagnostica infecciones de orina viendo a un paciente agitado. Desestima el término demencia senil y busca un diagnóstico y un tratamiento adecuado. El que trata a cada paciente individualmente, teniendo en cuenta su situación basal funcional, mental y social. Busca síndromes geriátricos, que influyen mucho en la evolución de los ancianos. El que toma decisiones a diario tan relevantes como hacer o no hacer, seguir o no seguir, tratar o no tratar, trasladar o no trasladar, reanimar o no reanimar….

La geriatría es probablemente la especialidad con mayor dificultad en la toma de decisiones. Con los jóvenes no hay duda. Se hace y punto. Pero estamos en un momento de la medicina donde no todos los pacientes mayores de 65 años son geriátricos, y hay pacientes muy jóvenes con patologías y secuelas de enfermedades tan brutales que se comportan como tal. ¿Estaremos ante el nuevo paciente geriátrico del siglo XXI? ¿Estaremos ante el nuevo paciente no geriátrico del siglo XXI? ¿Aquellos que viajan, esquían, manejan internet y a Siri como algo integrado en sus vidas de 80 años? ¿Acaso tienen ellos menos oportunidades que yo, por ejemplo? Lo hablamos muy a menudo. Los geriatras saben mucho de daño adquirido. Y de la promoción de la salud en pacientes de 90 años. Saben mucho del término medio. Saben no pasarse pero sin miedo a llegar cuando hace falta.

Pasión, amor, miedo, entrega, errores, estudio, aprendizaje, sexto sentido, tiempo… y toma de decisiones. Con los tiempos que corren ahora, la he oído decir alguna vez que no repetiría, pero estoy seguro que si volviera a nacer, volvería a ser médico. Y volvería a ser Geriatra.

Perseguimos la buena vida, necesitamos la buena muerte

“Nadie quiere morir, ni siquiera quien quiere ir al cielo”, entonaba Rosana en una de sus canciones.

Hoy no me quiero morir. Quizá mañana sí. O quizá sea como Albina. Con 93 años, cada vez que ingresaba me decía que no se quería morir, que todavía tenía muchas cosas que hacer.

Desde el momento en que nacemos llevamos una compañera, escondida, innombrable… pero siempre está ahí. La muerte nos acompaña nada más dar la primera bocanada de vida.

Morir. No suele gustarnos hablar del tema.

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Alzheimer: no caigamos en el olvido #SigoSiendoYo #DiaMundialAlzheimer

– Buenas tardes.
– Hola, buenas tardes. ¿Usted quién es?
– No nos han presentado. Soy su demencia tipo Alzheimer. Encantado.
– Perdone, ¿cómo dice?

Se quedó absorto… no sabía muy bien qué decir.

– ¿Recuerda aquel día que sus hijos le llevaron al médico? Sí, porque parecía que perdía la memoria. Ha sido usted elegido para tener un diagnóstico de demencia. Tiene usted un Alzheimer.
– Si, si… claro que me acuerdo. Me hicieron muchas preguntas. Ya al final estaba tan harto que contestaba al tun tun. Tuve que dibujar una casita, un reloj, me enseñaron cartas, y luego me hicieron varias pruebas. Me sacaron sangre, me hicieron un escáner y una cosa muy rara que llamaban SPECT o algo así.
– Eso es.
– Oiga… y eso de la demencia ¿es ya seguro? Porque mi hija pierde las llaves habitualmente, o se las deja dentro de casa y lía una parda llamando al cerrajero y nadie ha pensado que esté enferma por eso. Hay veces que se les olvida incluso que es el aniversario de la muerte de su madre.
– Bueno, seguro, seguro… A ver, el diagnóstico de demencia es probable. Usted tiene una probable demencia tipo Alzheimer.
– Ah!! Bueno, ¡entonces si es probable me quedo mucho más tranquilo! Osea, que de usted no me muero, ¿no?

El Alzheimer se quedó algo sorprendido con la pregunta. Nunca nadie le había planteado esa duda. Estaba acostumbrado a otras reacciones.

– Pues no señor. Efectivamente por el único hecho de perder la memoria no se muere nadie. Otra cosa son las complicaciones derivadas de esos olvidos.
– Cuente, cuente…
– Ahora al principio son cosas pequeñas. Usted está en mi fase inicial, ahora soy leve. Puede olvidar o cambiar cosas de sitio. Dejará de manejar el dinero o se olvidará como conducir un coche, o ir a determinados sitios. Se le puede olvidar el día en el que estamos o incluso no saber en qué calle vive.
– Cuando era niño tampoco sabía en qué día vivía y no me creaba mucho conflicto, la verdad… Y desde que me jubilé tampoco le presto mucha atención.

El Alzheimer se estaba empezando a poner nervioso.

– Si, tiene usted razón. Eso es lo de menos. Cuando avance mi camino, si usted ingresa en un hospital porque le pase algo- se rompa la cadera o algo así- se puede desorientar por completo, tener alucinaciones terribles, puede insultar a sus hijos… Y todo esto puede pasarle también en su casa sin que haya un claro desencadenante. Estos son mis amigos los trastornos de conducta.
– Oiga, y una pregunta… ¿para esos trastornos de conducta hay algún tratamiento? Porque yo me acuerdo de un amigo que le daba a la “bebetoria” que un día le ingresaron y tuvo un delirium tremens o algo así. Le pusieron una inyección y dejó de ver arañas por la pared.
– Si, efectivamente. Hay tratamiento para eso.
– Bien, correcto. Y para usted en sí mismo… ¿hay algún tratamiento? Quiero decir, para que no se me olvide qué día es, o como vestirme y esas cosas.
– Puf… Sí, hay unos tratamientos que se supone que retrasan mi avance. Es como si no me dejasen caminar hacia mi objetivo. Pero la verdad es que esas pastillas o parches hacen poco…
– ¡Uy! Son parches. Con lo que yo sudo, se me despegan fijo…
– Déjeme que continúe: llegará un momento que no sabrá qué ropa ponerse, se hará incontinente y tendrá que llevar pañales y no conocerá a sus hijos. Se le olvidará tragar y tendrá que comer purés para que no se atragante y no haga una neumonía por aspiración.
– Un momento, ¿purés? Oiga, por ahí no paso… ¡odio los purés!

El Alzheimer hizo un gesto de complacencia, como si ya fuera a salirse con la suya.

– Bueno, también creo que si voy a perder la memoria, lo mismo se me olvida también que no me gustan los purés.
– Eso no se lo puedo asegurar.
– Hombre, digo yo que si se me van a olvidar quienes son mis hijos, creo que se me olvidará antes que no puedo ni ver la comida triturada.
– Dejará de caminar y le llevarán en silla de ruedas. Si nadie lo remedia, como no podrá comer casi, le pondrán una sonda de la nariz al estómago para alimentarle. Y le saldrán heridas, úlceras por presión que llaman, al estar inmóvil todo el día. Y no podrá hablar porque también se le olvidará.
– Bueno, yo tampoco he sido de hablar mucho. Vaya panorama, ¿no?

Reflexionó un momento.

– ¿Y las canciones se olvidan?
– Las canciones son de lo último que se olvida.
– Perfecto. Eso me gusta. Me gusta la música.
Bien señor Alzheimer. Únicamente me gustaría preguntarle una cosa: ¿usted está seguro que ese es mi diagnóstico?

– Seguro al 100%, no se lo puedo firmar.
– Bien, porque antes de adjudicarme su diagnóstico, antes de “estigmatizarme” y hacerme perder mi capacidad de decisión o incluso que puedan incapacitarme, me gustaría que alguien se plantee si no estoy un poco más despistado porque no presto atención a las cosas. Porque estoy bajo de ánimo porque falleció mi esposa. También un poco sordo, y no me entero muchas veces de lo que me dicen. Porque no se me da bien leer ni escribir, y siempre me he liado un poco con las cuentas. Piénselo señor Alzheimer. Asegúrese bien.

 

 

 

El Alzheimer, a pesar de todo estaba ahí. Pero de repente, impotente se escondió durante unos años.

– Le espero en poco tiempo. Nos veremos…

Cuidadores: los profesionales que curan dedicando su tiempo

¿Habéis hecho un vaso de agua con espesante alguna vez?
Hola, me llamo Gema, soy licenciada en medicina y cirugía, especialista en geriatría, máster en cuidados paliativos… Y hasta hace unos años nunca había tenido que utilizar espesante para que lo tomara mi abuela.
Curar: del latín curare, cuidar…

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