Perseguimos la buena vida, necesitamos la buena muerte

“Nadie quiere morir, ni siquiera quien quiere ir al cielo”, entonaba Rosana en una de sus canciones.

Hoy no me quiero morir. Quizá mañana sí. O quizá sea como Albina. Con 93 años, cada vez que ingresaba me decía que no se quería morir, que todavía tenía muchas cosas que hacer.

Desde el momento en que nacemos llevamos una compañera, escondida, innombrable… pero siempre está ahí. La muerte nos acompaña nada más dar la primera bocanada de vida.

Morir. No suele gustarnos hablar del tema.

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A los médicos nos enseñan a curar. Esa es nuestra misión, nuestro objetivo primordial y en lo que se basan nuestros éxitos profesionales. Sin embargo, determinadas especialidades estamos acostumbradas a mirar a la cara a la muerte casi todos los días.

Hay veces que no es tan fácil. Hay que estar entrenado y concienciado para tomar decisiones en determinadas circunstancias y con determinados pacientes. Pacientes complejos, ancianos, muy ancianos, a veces no tan ancianos, pluripatológicos, con muchas enfermedades y estas muchas veces son graves e incapacitantes. Pueden llevar incluso tiempo “muriéndose”, con el diagnóstico de enfermedad terminal, en ese proceso del morir que a veces no es tan fácil, ni tan rápido. Pero creo firmemente (será por mi especialidad, claro está) que hay veces que no podemos curar. Eso cuesta asumirlo, nuestro ego muchas veces no nos lo permite. Pero es cierto que en determinados pacientes, simplemente retirando un fármaco o no empeñándonos en hacer determinadas cosas, no se curan… pero mejoran. Es difícil no tener miedo y tomar esas decisiones. Requieren tiempo y como decía antes, mirar de frente a la muerte. Ahí sigue, acompañándonos en todo momento.

Las personas hemos cambiado mucho. Nuestro mundo ha cambiado mucho. Y cuando nos convertimos en pacientes o en familiares de pacientes, solicitamos muchísima información e incluso tomamos parte en la toma de decisiones. Ahí viene la otra cara de la moneda: entonces es el médico el que tiene que gastar su tiempo (yo diría emplear), su valioso tiempo en explicar por qué no hace una prueba invasora o por qué retira un fármaco. “No se lo quite doctor, se lo puso el cardiólogo hace 20 años y dijo que no lo podía dejar de tomar”. Qué duro es emplear nuestro tiempo…

Y además, en ese proceso de enfermedad, que a veces puede ser largo, también podemos evitar que tengan síntomas que les puedan molestar. No está reñido el tratamiento curativo con el tratamiento para controlar los síntomas. Además se complementan. Podemos quitar la fatiga con morfina además de tratar activamente un proceso agudo en el contexto de una enfermedad crónica que ha empeorado puntualmente. Una cosa no quita la otra. Igual que le quitamos la fiebre a nuestros hijos cuando tienen una amigdalitis además de darle el antibiótico. Proporcionar confort es también muy importante en todas las etapas de la vida.

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¿Alguna vez habéis pensado cómo os queréis morir? Por desgracia, no lo podemos elegir. No podemos decidir un infarto fulminante, un accidente de tráfico, un cáncer, una insuficiencia cardiaca. Creo que por suerte, sería difícil elegir. Lo que sí que podemos tener más claro es que nos gustaría morir bien. De lo que sea. Pero sin dolor, sin sufrimiento, atendidos en todo momento, en todas las esferas. Eso es, precisamente, lo que hacemos muchos médicos todos los días. Y a lo que deberíamos tener derecho todos. Como un derecho fundamental de las personas.

Un día, Albina me dijo que de esta no salía. Tenía 96 años. Estaba cansada, no quería luchar más. No quería ingresar más. No quería que la pincharan más. Aún así, a los médicos todavía nos quedaba mucho que hacer. Teníamos mucho que aportar.

Hemos llegado. Ha llegado ese momento. Vemos que está cerca. Lo percibe la familia, lo percibe el paciente. Lo sabe el paciente. Lo sabe el médico. Y siempre hay muchas dudas.

El respetar la voluntad del paciente, que a veces decide adecuar el esfuerzo terapéutico en función de su patología y evolución, es lo primero. En otras ocasiones esta decisión la debe pensar y tomar el médico hablando y explicando a la familia y al paciente si este es capaz de comprender y desea hablar del tema. Y otras veces, respetar la decisión de no ir más allá en cuanto a opciones terapéuticas, o adecuarlas al nivel de exigencia de la enfermedad aguda en ese momento es la misión fundamental del facultativo.

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Es importante hablar de tú a tú, si la persona desea hablar

Aún así, el punto al que hemos llegado sigue siendo un proceso activo. Incluso en situación de final de vida podemos beneficiar al paciente pautando un antibiótico, o un diurético, o un corticoide. Lo importante es saber dónde nos encontramos y qué beneficio vamos a sacar de cada una de nuestras actuaciones. Y también plantear el beneficio de retirar determinados fármacos en determinada situación. Un síntoma puede estar controlado hoy y mañana ya no. Y necesitamos aumentar las dosis o cambiar de fármaco. Como veis, hay mucho que hacer.

No me pongas morfina decía Albina. Le daba mucho miedo. Creía que si le pinchaban morfina para su fatiga se iba a morir. Le conté que no pasaba nada. Que se iba a encontrar mejor, que la morfina no mata. Que además es de los pocos fármacos que se puede poner y poner y poner hasta que se necesite. No tiene techo, como decimos los médicos. Pero da sueño. Y eso a veces crea dudas.

Esta duda aparece muchas veces en la situación de últimas semanas o últimos días. Está sedado doctora…

Hay veces que los fármacos que prescribimos producen somnolencia. Y no hemos sedado al paciente. A veces, los pacientes se “duermen” solos, en el contexto de una encefalopatía hipercápnica o urémica, al fallar el mecanismo que regula la respiración o el riñón. Otras veces necesitamos dormir al paciente cuando se presenta un síntoma que no somos capaces de controlar de otra manera. Asegurar el bienestar de Albina era nuestra prioridad.

Los tratamientos no son los únicos que intervienen en el buen morir. No debemos olvidar cualquier otra esfera que beneficie incluso más que los fármacos a estos pacientes. El deseo de morir en casa, el evitar el sufrimiento psíquico, el miedo, la distancia con familiares queridos. Hay muchas cosas que pueden influir en el proceso de morir bien. Y todas deberían ser atendidas. Religiosas, legales, situaciones que muchas veces como médicos no prestamos atención. Y son fundamentales. Y son individuales. Cada uno tenemos nuestra vida peculiar, nuestros pensamientos, razonamientos, miedos… y deberían ser atendidos con la misma peculiaridad de cada uno.

Y la última pregunta. Y la más difícil. En situación de últimos días, ¿cuánto tiempo va a “durar”? No lo sabemos. Cada uno nos tomamos nuestro tiempo. Sedados o sin sedar, con o sin tratamiento para el dolor. Los fármacos para control de síntomas no influyen en el tiempo. Si en el confort. No sabemos cuándo será, pero si podemos asegurar que va a estar bien. Que va a estar tranquilo, que va a tener una buena muerte.

Yo sigo sin querer morir. Pero cuando llegue ese momento, espero tener la suerte de estar acompañada por profesionales que sepan acompañarme y guiarme en ese proceso. Necesitamos profesionales para el final de la vida. Para que todos podamos vivir la muerte como una etapa más de nuestro camino, porque “perseguimos la buena vida, pero necesitamos la buena muerte”.

 

3 comentarios en “Perseguimos la buena vida, necesitamos la buena muerte

  1. El día que entiendes cómo se encuentra un paciente en un hospital sin su ropa sin su familia y sin perspectiva de lo que está pasando y te empiezas a poner en su lugar, ese día empiezas a ser residente de geriatría. El día en el que tu trabajo cómo médico se orienta a lo que el paciente entiende cómo buena vida y de la buena muerte, casi seguro ya eres geriatra pero solo el día en el que eres capaz de manejar la situación de últimos días con con el paciente con la familia y contigo mismo sin cometer errores, entonces ya eres un buen geriatra. Podríamos dar por buena una rotación completa en la que únicamente hayamos conseguido aprender esto último.

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