Lo más lejos a tu lado. DÍA MUNDIAL DE LOS CUIDADOS PALIATIVOS

“Tú me importas por ser tú, importas hasta el último momento de tu vida y haremos todo lo que esté a nuestro alcance no solo para ayudarte a morir en paz, sino también a vivir hasta el día en que mueras”

Cicely Saunders (1918-2005)

“Tengo miedo…” decía Enrique entre susurros.
El día anterior le habían dicho que iba a ingresar en Guadarrama. Pero él no iba a hacer rehabilitación. Iba a ir a la Unidad de Cuidados Paliativos y tenía miedo.
Pensaba que ya no había nada que hacer.
Su mujer, quizá más preocupada y asustada que él, se acercó y le dio uno de esos rescates que tenía pautado si no podía dormir o tenía alucinaciones. Y entonces Enrique se durmió…
Soñó que llegaba al hospital. Su habitación, con una terraza muy grande, le recibió con un sol de justicia del mes de Julio. Sin embargo, él no tenía calor: sólo seguía asustado.
La sonrisa de Sole le acompañó tras presentarse como su auxiliar de enfermería y mientras le ayudaba a acomodarse en su sillón, cerca de la ventana, le preguntó cómo se encontraba, si tenía dolor o cualquier cosa que le pudiera causar alguna molestia.
Isabel estaba ahí, como siempre, como en casa, pendiente de todo lo que pasaba. Y expectante. Esto de los Paliativos no le daba buena espina… Se miraban entre ellos con esa complicidad de 15 años de casados. Enrique era muy joven… Isabel, su mujer, más joven que él. Los dos tenían miedo.
Mientras intercambiaban esas miradas cómplices de angustia mutua, de pronto empezaron a entrar más personas en la habitación. La enfermera y la doctora a dúo (como siempre) y finalmente transformadas en un trío junto con Sole. El equipo casi al completo. Siempre juntas, imposible avanzar la una sin las otras.
Después de hablar sobre los informes, los tratamientos, la toma de constantes, la exploración Enrique se relajó un poco (extrañado de las risas y de la conversación distendida a pesar de las circunstancias… de su circunstancia…) y se atrevió a expresar: “sé que me han desahuciado… ya no pueden hacer nada por mí. Y sé que he venido aquí a morirme”


En el sueño de Enrique, Isabel abrió unos ojos como platos… Nunca había hablado sobre su situación, sobre su enfermedad de aquella manera. Entonces la doctora también abrió los ojos debajo de sus gafas enormes casi al mismo diámetro de los de Isabel. Y comenzó a explicarle en que consistían los Cuidados Paliativos: después de una disertación de esas de médico raro que habla desde la verdad y la compasión (buscad la definición en el diccionario) concluyó: “Le aseguro que hay muchísimo que hacer”. Abrazó a Isabel solicitando antes su permiso.
Pasados unos días Enrique se dio cuenta que no le habían mentido. Efectivamente, había mucho que hacer: le ajustaron su tratamiento para el dolor, le controlaron el estreñimiento y trataron una infección de orina que era lo que le provocaba esas alucinaciones que tenía en casa. No sabe cómo, de pronto empezó a comer algo mejor y estaba más animado. Isabel le acompañaba a diario, aunque comenzó poco a poco a pasar ratos en casa con su hijo, que también la necesitaba quizá más que nunca. Pablo también disfrutaba con su padre de los paseos por el jardín. Primero en silla de ruedas. Y pasadas unas semanas, se propuso que Enrique pudiera bajar al gimnasio a hacer rehabilitación. Apareció en su vida otra meta más. Participaba además en las actividades que se hacían en ese hospital tan “raro” al que había ido.
Podía jugar al bingo, iba a misa (aunque había dejado de creer desde hacía un tiempo, de pronto recuperó una espiritualidad que tenía abandonada o que pensaba que le había abandonado a él), bajaba a la cafetería a tomar algo con sus amigos que le visitaban asiduamente…
Isabel confiaba en que estuviera con nosotras, aprendió cómo dar la medicación y compartía con nosotras sus dudas, nos pedía consejo y se sentía acompañada en este proceso que describía como lo más duro que había tenido que pasar. Lloraba, pero también se reía con nosotras. Sabía que no la íbamos a dejar sola. Sabía que para todo el equipo era tan importante como su marido.
Enrique soñó que llegó a recuperar una vida, su vida. Diferente por su diagnóstico, pero su vida al fin y al cabo. Soñó que volvía a su casa. Había ingresado en una Unidad de Paliativos, con un alto nivel de especialización y de cuidados que le permitió continuar unos meses más junto a su familia. En su casa, en su cama, con su tele… Y así fue.
Comprendió que un paciente subsidiario de cuidados paliativos no tiene por qué ser un paciente moribundo. Reafirmó durante su estancia que las personas no saben el beneficio que podemos aportar a muchísimos pacientes y a muchos otros que no tienen detectadas estas necesidades. Y sobre todo: ya ninguno tenía miedo.
Sin embargo, un día se dio cuenta que el final se acercaba. Es habitual que en nuestro día a día nunca pensemos en la muerte. Parece que “a nosotros no nos va a tocar”.

Sin embargo… ¿conocéis a alguien que no haya pasado o vaya a pasar por esa situación? Enrique lo sabía.

Y pidió volver a nuestra unidad de paliativos, a su segunda casa, decía. Esta vez la decisión de volver no fue un shock, sino todo lo contrario.

Ingresó tranquilo, agradecido de saber que íbamos a estar siempre con él. Y con Isabel. Y por supuesto, con Pablo.

Hablamos, tomamos decisiones juntos, resolvimos dudas y planeábamos determinadas cosas a muy corto plazo. Día a día, celebrábamos cada uno de ellos. Poco a poco fue llegando el momento. Hubo días mejores y peores, pero siempre juntos: “lo más lejos a tu lado, Enrique” le decía su doctora emulando a Fito y Fitipaldis.

Bienvenida y Fausto, sus padres, le abrazaron y le “dieron permiso para partir”. Y así lo hizo. Tranquilo, como él quiso. Acompañado de su familia, rota de dolor, pero con la generosidad de respetar sus deseos de no tener dolor y no sufrir. Respetar, acompañar… Ese es el mayor acto de amor que se puede describir.

Y nosotras lo vemos frecuentemente.
Enrique falleció coincidiendo con el día Mundial de los Cuidados Paliativos.

Desde la Unidad de Cuidados Paliativos del Hospital Guadarrama, y seguro que también desde muchas otras unidades de cuidados paliativos de otros hospitales, queremos felicitar a nuestros pacientes. A los que siguen estando y a los que ya no están.

Felicidades a sus familiares. Gracias a todos por confiar en nosotros, por poner en nuestras manos el momento más especial, único y preciado de sus vidas.
Y debemos felicitar también a todos los profesionales que se dedican a esta especialidad (no reconocida vía MIR inexplicablemente), tan desconocida y poco valorada.

Quiero personalmente felicitar a mis compañeros. Son especiales. Son ángeles con alas, como nos llamaba Isabel. Son la expresión máxima de la profesionalidad, compromiso, sabiduría, empatía, compasión, amor… No tengo palabras para expresar la suerte que tengo de pertenecer a este equipo.

Recordad de vez en cuando que, en algún momento, todos sin excepción vamos a estar en ese precipicio. Ahí estaremos nosotros para acompañaros.
La cuestión no es cuándo, sino cómo afrontar ese tránsito. Con autonomía, tomando decisiones informadas y apoyadas por el equipo. Con respeto y dignidad. Con amor, humor y ciencia.

Feliz día de los Cuidados Paliativos.

Dra. Domínguez de Pablos.
Responsable de la Unidad de Cuidados Paliativos del Hospital Guadarrama.

La residencia y la persona mayor. Una opinión basada en la experiencia

¿Alguna vez os habéis planteado qué piensa una persona mayor de la vida en una residencia? Qué le parece la comida, qué tal es su habitación, qué opina de la compañía, o qué piensa de los horarios de descanso, por ejemplo.

Para tan solo aproximarnos a lo que pueden pensar, me he reunido con Natividad, una amable, simpática y meticulosa maestra de profesión que a sus cerca de 90 años presume de la buena compañía de sus hijos y nietos y de un gran mundo interior. Apasionada de la lectura, puede leer cientos de páginas sin pestañear, hablar durante horas sobre la historia de su vida en el campo e ingeniárselas para desplegar el arsenal gastronómico que guarda con gran afán cuando recibe una visita.

Aunque le gusta mucho salir de casa, caminar y encontrarse a sus vecinas por cada tienda local de la radiante avenida donde da su ventana, lleva algún tiempo sin salir por temor a caerse. Todo fue a raíz de un vértigo y, pese a la mejora con el tiempo, quedó en ella una sensación de inestabilidad al caminar y una inseguridad que no logró vencer. No solo no fue posible superar el miedo, sino que pareció apoderarse de ella cuando, tras una caída en su propia casa, sobrevino una fractura vertebral.

Desde entonces, se acabaron los días soleados, las tardes de primavera y la nevera llena para los invitados. La vida de Natividad se redujo a cuatro paredes y un andador, que apenas se atrevía a utilizar por el profundo dolor.

Fue en esta situación, pasados ya unos meses, cuando sus hijos, rotos por la tristeza, decidieron proponer a Natividad ingresar en una residencia. Su objetivo era claro, volver a caminar o, como decimos los geriatras, “recuperar funcionalidad”.

Y, objetivo cumplido, Natividad alcanzó la meta de volver a caminar, ahora con andador, gracias a su propia voluntad, la adorable familia que le apoya y, además, la analgesia.

Una vez en casa, más repuesta, voy a verla. La readaptación ha sido dura, confiesa, se encuentra cansada y cada vez más dependiente. Aun así, se muestra esperanzada e ilusionada por la idea de retomar su vida en casa. Aprovechando su discurso, acierto a hacerle algunas preguntas sobre su experiencia en la residencia:

  • ¿Cómo te has sentido durante tu estancia en la residencia?

He sentido mucho respeto y compañía, si bien es cierto que mis hijos iban a menudo a visitarme. Ahora bien, también hay algunos contras, como es que éramos un conjunto muy variopinto, con diferentes perfiles, y a veces eso me desanimaba. Además, la privacidad apenas existía y el trato era muy impersonal. Al final limitas tu vida a las normas establecidas en el centro y a las restringidas actividades que nos proponen.

  • En concreto en la residencia donde estuviste, ¿qué actividades hacías?

De lunes a viernes, siempre en turno de mañana, alrededor de 45 minutos había sesión de fisioterapia y unas 2 horas de terapia ocupacional. Para nada eran terapias individualizadas. Las tardes y los fines de semana eran momentos de tiempo libre, que están bien, pero eran poco motivadores y muy aburridos.

  • A nivel profesional, ¿te sentiste bien atendida?

Aparte del personal de fisioterapia y terapia ocupacional, disponíamos de médico tres días a la semana, que, si bien no está mal, no cubre todas las horas. Aun así – insiste durante la entrevista -, la mayor falta de personal la encontré entre los/as auxiliares. Siempre recibí un trato estupendo, pero en una residencia tan grande donde escasea este tipo de trabajadores, es difícil ofrecer un trato personalizado.

También contábamos con los cuidados de enfermería y los servicios de peluquería y podología. Ciertamente, muy buenos.

  • ¿Cómo era físicamente la residencia?, ¿te gustó?

No estaba mal. Había muchos jardines, lo cual era muy gratificante, ya que invertía muchas tardes en pasearlos y en los que me hice amiga de una colonia de gatos la mar de majos. También había un huerto, que antaño pudo ser muy bonito, pero que está abandonado ahora.

  • Y tu habitación, ¿qué tal?

Dormía en una suite. No la recuerdo mal, aunque el armario era muy pequeño. No era mi habitación.

  • ¿Cuál fue la peor experiencia para ti en la residencia, si es que tuviste alguna?

Sin duda la rigidez en los horarios de las comidas (9h, 13.30h, 17h y 20h) pero, sobre todo la cocina. La comida estaba, generalmente, muy sosa.

  • Finalmente, ¿qué aspectos mejorarías de la residencia? Los enumera:
    • La falta de personal, fundamentalmente auxiliar.
    • Las actividades de terapia ocupacional. Poco variadas e individualizadas. Organizaría las mismas en función del nivel, no sólo cognitivo, sino también cultural y según los gustos de cada persona.
    • Favorecería la inclusión de los residentes a dichas actividades.
Natividad Luque. Foto cedida, con su permiso.
  • Con todo lo que me has contado, Natividad, ¿recomendarías una residencia para vivir?

Sí, la recomendaría, pero solo cuando se hayan agotado todas las posibilidades de permanecer en casa. La verdad es que, ya sea en casa o en una residencia, las personas mayores solemos vivir bastante aisladas de la sociedad. Por eso, la decisión depende mucho de las circunstancias y los deseos personales de cada uno. Sea como fuese, creo firmemente que cualquier persona mayor necesita un trato exclusivo y completo debido a nuestra mayor vulnerabilidad a eventos adversos. Todavía queda mucho por hacer.

De la charla con Natividad he podido concluir que, cuando sea mayor, quiero mantener mi independencia, disfrutar con las actividades que habitualmente me reconfortan y comer bien. Quizá debamos de escucharlos un poco más, y mejor, e invertir nuestros esfuerzos en que los últimos años de sus vidas, y luego de las nuestras, sean los más placenteros posibles, bien en casa, bien en residencia.

Mª Isabel Tornero López

Médico geriatra

Asun: una vida admirable que abre su corazón a nuestro blog #hablandodegeriatria.

Este mes tenemos la fortuna de presentarles a Asunción Martínez Meseguer, admirable persona que nos relata su vida y experiencias más entrañables con optimismo y alegría. Te invitamos a conocerla.

Rubí Sandoval.

Residente de Geriatría H. Universitario de Getafe

Dominga habla sola

Conocí a Dominga a través de esta viñeta y fue entonces cuando quise indagar quién se encontraba detrás de este personaje tan carismático e ingenioso.

Se llama Elisabeth Justicia, estudió Bellas Artes y es ilustradora y diseñadora gráfica que también cuenta con trabajos en el mundo de la animación. Su interés por el ámbito social e inspirada por la admiración hacia su abuela la lleva a crear el personaje de Dominga. Toda su labor la realiza desde la gratitud a esta generación que reconoce tan valiosa y a la vez tan estigmatizada, en una sociedad que parece estar enfocada a los más jóvenes.

Desde principios del año 2021 comienza a crear estas viñetas donde “Dominga habla sola”, pero a la vez reflexiona y reivindica con todos nosotros sobre temas como edadismo, soledad no deseada o salud mental, entre muchas otras problemáticas que consiguen conectarnos de manera intergeneracional. A través de sus viñetas rompe con el estigma del envejecimiento y lucha por el empoderamiento femenino, especialmente de este grupo etario. Dominga consigue transmitir su sabiduría y nos enseña, desde una visión realista de la vida, a lidiar con nuestras emociones a través del humor, la ironía y la templanza.

Dominga no quedó anclada a las viñetas ni al libro que las aúna y que se publicó a inicios del 2023 (que es este de aquí https://n9.cl/ij69y). Elisabeth lo llevó a la práctica a través de un proyecto social en Soria cuyo objetivo fue “visibilizar a la gente mayor, empoderarla y luchar contra el edadismo y el sexismo… y cambiar la idea de envejecimiento”. Mediante talleres y otro tipo de actividades consiguió con creces empoderar, visibilizar y homenajear a este grupo social. Y fue más allá. Una escultura a tamaño más que real luce en el parque de la Dehesa de Soria junto a una placa que proclama: “Que representa las reivindicaciones, los logros y las aportaciones a la sociedad de las mujeres mayores”.

Elisabeth dice que “la inspiración existe y llega pasando tiempo con tu abuela”.  Gracias Elisabeth por dar voz a nuestros mayores. Sabemos que las aventuras de Dominga solo acaban de empezar.

MÁS ALLÁ DE LAS PORTADAS VERDES

Todo en silencio, no se oye nada. Sólo los pájaros que acaban de despertar de su descanso entre las hojas de los olmos.

Evina disfruta levantándose con el sol, y abriendo cada mañana los postigos de las ventanas y de las portadas verdes de su casa, dejando entrar el aire fresco y respirando el nacimiento de cada día.

Revive junto a los tallos de sus innumerables macetas, que llenan todos los rincones de su patio, sus espacios, sus tiempos…Aquellas flores son como Evina, necesitan aire cada día, agua fresca que inunde sus raíces y sol cada mañana para hacer brotar sus más bellas flores, multicolores, y llenar cada minuto de una inagotable alegría.

Junto a Amancio, su marido, ya octogenarios los dos, el verano pasado justamente, arreglaban a la puesta de sol aquellas barandillas que en lo alto sujetaban el gran protector de cañizo, para evitarles a las flores el calor acuciante del sol del mediodía.

Paciencia, su hija, disfrutaba viéndoles planificar las “obras” del patio como si hablaran del más importante invernadero de toda la región.

Paciencia se llamó así porque tardó casi un día en llegar a ver la luz, y Evina pensó que esa era la mejor manera de llamar a la niña, que años más tarde demostró e hizo buen honor a su nombre.

Evina prepara el desayuno y el almuerzo de Amancio, despierta a Paciencia, y se afana porque en la casa esté todo en orden. Cada cosa en su sitio, un momento para cada cosa, guardando todos los acontecimientos diarios una rigurosa secuencia que durante años nada ni nadie ha podido alterar.

Luego, a la plaza, a comprar la fruta más jugosa, las verduras más frescas, y los frutos secos más ricos que tanto gustan a Paciencia; cuando el sol se esconde y salen a tomar el fresco al poyo que hizo Amancio el año anterior, es para los tres el mejor momento del día porque comentan sus cosas y otros hechos que han acontecido en las horas previas.

A veces no hablan, sólo escuchan la noche, la quietud, las vísperas del merecido descanso nocturno, y esperan que la luna les guiñe un ojo allá arriba para decidir el momento en que se van a dormir.

Su vida es plena y repleta de todo cuanto necesita: su casa, su familia, sus quehaceres…los quehaceres de toda buena vida y los placeres del deber cumplido.

Pero hoy Evina no se ha levantado. Espera con ansia que Paciencia aparezca en la puerta y le avise que el sol le espera en el patio. Hoy Evina se mueve a cámara lenta porque la vida empieza a escapársele entre los dedos. Sus manos tiemblan y derrama el agua cuando riega sus macetas, y si está cansada porque no ha dormido apenas, ni siquiera puede coger la alcuza para ayudar a Paciencia en la cocina, porque derramaría todo el aceite que queda…

Anda despacio y encorvada, y junto a su hija camina con pies susurrantes sobre el suelo de cemento, dirigiendo sus pasos a la silla que Amancio ha puesto junto a la maceta de las alegrías, la que más le gusta a Evina,…y allí, cada mañana, se sienta y cierra los ojos, y levanta la cara junto a sus flores esperando que el sol acaricie su rostro y le traiga noticias de otros patios, de otras gentes, de otros olmos que hay más allá de sus portadas verdes…

Autora: Mª Elena Gutiérrez Luque, enfermera.

La Forja de una Vida

Podría decirse que Carmen es una mujer hecha a sí misma. A sus 86 años ha vivido una vida tan sufrida como el clima y la tierra que la vio crecer, en un pequeño pueblo situado a las puertas de La Mancha. Sabe lo que es vivir en la escasez de una cruel postguerra. Su tenaz estoicismo le sirvió en esos duros años y forjó su carácter, dejando una marca indeleble que explica su particular forma de ver el mundo. Cuando echa una mirada atrás se asombra de cómo ha podido cambiar tanto la sociedad donde vive. Es viuda desde hace 23 años y vive en la misma casa del pueblo a la que un día se mudó al casarse con mi abuelo. Carmen es menuda, de mirada vivaz y pies ágiles a pesar de los años. Es tenaz, disciplinada y afanosa. A sus pequeños ojos asoma una inteligencia innata, una sabiduría antigua que no se aprende en los libros. Sus nudosas manos aún son capaces de coser cuando la vista se lo permite y procura mantenerse activa con cualquier actividad que despierta su curiosidad de niña. Y cuando sale del pueblo echa en falta a sus amigos, pues Carmen tiene una vida social que ya quisieran muchos tener a su edad. Pero para realmente entender su idiosincrasia, es menester retroceder en el tiempo.

Cuando aún no había cumplido un año, mi madre me contó que un camión militar que pasaba por el pueblo reclutando hombres para la guerra se llevó a mi padre a luchar a Teruel – me contaba una tarde de sobremesa.

¿En qué bando luchó? – pregunté yo entonces interesado.

Pues no lo sé, pero tampoco importaba demasiado. Luchabas donde te tocaba. Mi padre nos contó después que peleaban hermanos contra hermanos e hijos contra padres. Pasó frío, hambre y muchas calamidades.

Corría el año 1938. Fue ese un crudo invierno que marcaría el devenir de la Guerra Civil Española en el frente de Teruel. Se calcula que entre 1937-1938 murieron congelados en ambos bandos hasta 15.000 combatientes. Mi bisabuelo Simón (su verdadero nombre era Tomás) no sabía leer ni escribir, pero se las arreglaba para enviar periódicamente cartas desde el frente con el apoyo de un camarada a mi bisabuela Gregoria. Y como ella tampoco sabía leer, buscaba entre las vecinas a alguien instruida que la ayudara con las lecturas. Mi bisabuelo finalmente volvió al terminar la guerra en 1939 tras casi dos años luchando en una guerra que no eligió. Regresó caminando junto a un compañero después de perder a numerosos amigos a manos del enemigo o del General Invierno. Entró en la casa cubierto de harapos porque justo antes de entrar en el pueblo, unos individuos les robaron las pocas pertenencias que tenían. Eran tiempos crueles y difíciles. Al entrar en la vivienda familiar, mi abuela se escondía y lloraba, pues no era capaz de reconocer en las facciones de ese hombre desgarbado y sin afeitar a su propio padre.

Sin embargo el fin del conflicto no supuso el final de los problemas. Carmen fue la mayor de tres hermanos que fueron naciendo sucesivamente en el humilde hogar de los Martínez. Era una casa fría y oscura, con suelo de tierra, prensada de tanto pisar encima y de paredes que había que enjalbegar periódicamente para dar mantenimiento. La vida de la familia giraba alrededor de la chimenea que hacía las veces de calefacción y cocina. En torno al fuego del hogar se sentaban en asientos de esparto y madera con gruesas mantas para mantener el mayor calor posible. Sólo disponían de una bombilla que desplazaban y colgaban de su propio cable según conveniencia para iluminar los rincones más oscuros de la casa. Y en el piso superior se encontraban las habitaciones. Eso era todo. Mi bisabuelo trabajaba por aquel entonces de sol a sol, ocupándose del cuidado de los animales en la casa de un rico del pueblo y recibía un salario de 500 pesetas al año con el que debía mantener a su familia. A pesar de una vida tan espartana, siempre se las arreglaba para alejar el hambre de su hogar. Poseía el ingenio y la maña que en tiempos de vacas flacas suelen manifestarse en personas de mente despierta. Mi bisabuela Gregoria, siempre que tenía oportunidad trabajaba en campo, ya fuera recolectando yeros, guijas con las que cocinaba gachas para la familia o bien se ganaba unas pesetas en la recolección y limpieza de la rosa del azafrán. Todas las mañanas echaba la llave de la puerta de la casa por fuera para ir a trabajar, encargando a Carmen el cuidado de sus hermanos. Pero el espíritu aventurero de los niños se despertaba una vez quedaban solos, atreviéndose a salir a la calle. La primera en cruzar la ventana era la mayor. Y si no había “moros en la costa”, su hermana Felicidad le pasaba al pequeño Jesús de dos años de edad para luego salir ella. En el momento que los labradores regresaban de faenar del campo y antes de ser sorprendidos, ingresaban rápidamente a través de la ventana en el mismo orden en el que salían. Nunca les descubrieron.

Madre, quiero ir a la escuela como mis amigas – dijo sollozando por enésima vez una Carmen de ocho años– Quiero aprender a escribir y leer.

Ya te lo he dicho mil veces, hija, tienes que cuidar de tus hermanos mientras tu padre y yo trabajamos. No puedes ir a la escuela.

Tanta fue la insistencia de la pequeña Carmen y tantas sus ganas de aprender que un buen día Gregoria se animó a llevarla a la escuela, previa visita al señor cura para que le hiciera la correspondiente “papeleta”. Sin embargo, la maestra de infantil no la aceptaba por su edad y tuvo que hablar con la profesora que instruía a niños más mayores. Su nueva maestra no estaba dispuesta a que el resto de niños se retrasara en las lecciones debido a la nueva incorporación, así que encargó a unas niñas que le enseñaran los rudimentos de la escritura y la lectura. Cuando todos en la familia se retiraban a dormir, en el silencio de la noche la pequeña Carmen se quedaba a los pies de la escalera haciendo sus deberes con la única compañía de la bombilla que prendía de una escarpia en la pared.

Al final hasta era capaz de leer mejor que mi amiga Obdulia, y eso que ya llevaba más tiempo que yo en la escuela. Estuve tres o cuatro años aprendiendo a leer, escribir, sumar, restar, multiplicar y dividir, hasta que mi madre me puso a servir con 12 años, primero en el pueblo y al año siguiente me mandó a una casa de ricos en Benicarló. Ya no había dinero para mantener a toda la familia. Aprendí a hacer bien la cama, a limpiar, planchar, cocinar e incluso zurcir. Hablaba con mis padres por carta todas las semanas y regresaba al pueblo una vez al año, para las fiestas o bien Navidad. Tras ocho años sirviendo en Castellón y después Barcelona, volví al pueblo.Volví porque un médico me recomendó cambiar de aires porque el agua de la costa era perjudicial para mi vesícula. Me dijo que tenía piedras del tamaño de castañas y que me haría bien regresar al pueblo. Así que dejé al novio con el que andaba por entonces y volví con mis padres. Al poco, conocí a tu abuelo y nos casamos.

Mi abuelo era un hombre hecho al campo, serio, estricto y muy trabajador. Un hombre de ideas fijas, costumbres arraigadas y verbo escaso pero irrefutable. Carmen siempre que tenía oportunidad le ayudaba en las labores del campo. Los inviernos en La Mancha Conquense son tan duros como sus gentes. Recuerda con nitidez cómo en época de recogida de la aceituna y para evitar los molestos sabañones, se calentaba las manos en los bolsillos con unos cantos calentados en la hoguera en los momentos de descanso, que eran escasos. Almorzaban gachas, torreznos, migas de pastor o potaje preparado a fuego lento la tarde del día anterior. La aceituna se recogía ordeñando el árbol rama por rama, nada de usar varas para golpear al olivo como hacían los señoritos de Andalucía, solía decir. Arpillera y espuerta. El fin de la jornada venía marcado por el ocaso, cuando las sombras se hacían más largas y el cielo se vestía con tonos rojizos y malvas.

Muchos lustros han pasado desde entonces. Los recuerdos se agolpan en la mente inquieta de Carmen y la mantienen anclada a esta vida que transcurre fugazmente. A   veces se siente sola aunque pocas veces lo verbaliza. Son muchas las personas que se han marchado a su alrededor. Su actividad y disciplina la ayudan a mantener un cuerpo ágil a pesar de los años. Ha superado recientemente un cáncer tras sufrir los estragos de una cirugía, quimioterapia y radioterapia con muy pocas secuelas, pues posee una naturaleza fuerte.

Tiene decenas de dichos y refranes para cada momento y conserva el hábito de la lectura leyendo los Evangelios. Y aunque se queja de olvidos frecuentes con algunas de sus recetas, sigue cocinando como los ángeles. Es buena confidente y consejera. Y si un día le confiesas que has tenido un roce o percance con alguien, termina su consejo con un refrán:

“Amigos ya no hay amigos,

Que el más amigo la pega,

No hay más amigo que Dios,

Y un duro en la faldriquera’’

Víctor Rojo Valencia

Facultativo Especialista en Medicina Interna

La abuela del Paint

Wikipedia dice que “fue una artista digital española reconocida por su tarea en la elaboración de dibujos isométricos, para los que empleaba el software de edición fotográfica Microsoft Paint”. No obstante, está claro que su mejor presentación es la que podemos leer en su perfil de Instagram, donde ha llegado a contar con más de 300 mil seguidores. Dice así:

Hoy le rendimos un pequeño homenaje a esta artista que ha triunfado, no sólo gracias a sus obras de arte, sino también por su carisma, cercanía y una personalidad entrañable.

A sus 74 años estudió artes plásticas en la Universidad Popular de Valencia. Solía pintar en óleo, pero según contó en varias entrevistas, tuvo que dejarlo por el intenso olor a aguarrás. Su verdadero salto a la fama se comenzó a gestar a raíz de que sus hijos le regalasen un ordenador en 2006. Así fue como emprendió su andadura con el Paint y más de 10 años después, animada y ayudada por su nieta, abrió su cuenta de Instagram en 2017.

Rápidamente sus obras de arte de pixel se hicieron virales, hecho que no nos sorprende. Inicialmente nos regalaba paisajes que realizaba con gran destreza, atreviéndose más tarde con los retratos (incluyendo el que Disney le invitó a realizar para el cartel de “El regreso de Mary Poppins”). A través de sus publicaciones nos ha deleitado con esas obras de arte que llevaba a cabo con pasión, entusiasmo y paciencia. De igual forma y con gran amabilidad y humildad, respondía a los miles de comentarios que recibía de cualquier parte del mundo.

Concha no sólo nos ha mostrado su talento. Ha inspirado a millones de personas, conectado generaciones, eliminado prejuicios y roto estereotipos sobre el envejecimiento. Nos ha demostrado que nunca es tarde para perfeccionar habilidades. Ha promocionado, tanto a aquellos que trabajamos con personas mayores como a la población en general, lo que es el envejecimiento activo. En resumen, nos ha confirmado que la edad es sólo un número y que no hay una cifra que nos limite para hacer lo que a cada uno le apasiona.

El 1 de julio de 2023 Concha publicó su último dibujo. Falleció el día 20 de ese mismo mes a los 93 años, noticia que comunicó su familia a través de una publicación de su cuenta de Instagram. Sus fans se despidieron de ella con cientos y cientos de mensajes llenos de afecto y admiración.

Gracias Concha por dejarnos un legado, y una huella imposible de olvidar.

10 + 1 artículos para empezar a hablar de la Geriatría

Saludos a todos,


El grupo de Jóvenes – SEMEG quiere compartir con vosotros una selección de artículos científicos que consideramos valiosos y relevantes para nuestro ámbito de trabajo. Como futuros médicos especializados en la atención a los adultos mayores, reconocemos que la Geriatría es una especialidad en constante evolución. Nuestro compromiso con la excelencia en el tratamiento y la atención es lo que impulsa nuestro interés en mantenernos actualizados.
Nuestros compañeros han considerado con muy buen criterio que estos son los artículos que mejor resumen conceptos esenciales con los que familiarizarnos.
Iniciamos con un bloque que se enfoca en comprender la relación entre salud y envejecimiento, con la meta última de promover una «longevidad saludable». Una vez establecidas estas bases, es imperativo que adquiramos el conocimiento necesario para integrar, evaluar y atender las necesidades únicas de las personas mayores dentro del sistema sanitario. Esto nos permitirá reducir el impacto funcional directo y enriquecer tanto la expectativa de vida activa como la calidad de vida de nuestros pacientes.
Avanzando, es esencial adentrarnos en la comprensión de la valoración geriátrica integral y los síndromes geriátricos. Para cualquier residente en Geriatría, este dominio debe ser su destreza distintiva. No podemos pasar por alto el último bloque, del cual proporcionaremos el enlace correspondiente, ya que tenemos la fortuna de mantenernos al día en lo que respecta al uso de medicamentos en la población mayor.
En resumen, esta selección de artículos científicos nos brinda una visión holística de la Geriatría moderna. Son herramientas que nos ayudarán a proporcionar una atención más completa, centrada en la persona y basada en la evidencia. Sigamos elevando los estándares de nuestra especialidad y mejorando la vida de nuestros pacientes mayores.
¡A seguir aprendiendo y creciendo juntos en este emocionante campo de la medicina geriátrica!


Miguel Sánchez Ortiz.
Especialista en Geriatría

El gran reto de la Inteligencia Artificial y la Geriatría

Estamos ante una nueva revolución tecnológica que viene de la mano de la inteligencia artificial y que está irrumpiendo en nuestra sociedad y repercutiendo en el ámbito sanitario y en el de la salud de modo particular.

Términos como inteligencia artificial, machine learning, big data, algoritmo, red neuronal o red profunda entre otros, van a formar parte de nuestro nuevo lenguaje. Así pues, los profesionales sanitarios van a tener que reciclar sus conocimientos en este contexto y prepararse para el uso de nuevas herramientas de inteligencia artificial aplicadas al mundo sanitario. Pasemos a conocer los conceptos básicos de inteligencia artificial que vamos a tener que integrar.

La inteligencia artificial es aquella que imita las funciones cognitivas del ser humano. Hoy por hoy, la mayoría de los algoritmos disponibles en la práctica clínica pertenecen a la inteligencia artificial débil, que responde a preguntas muy concretas.

El término big data es el conjunto o combinaciones de datos almacenados, siendo la ciencia de datos el campo interdisciplinario que permite que los mismos pueden ser analizados para extraer conocimiento.

La ciencia de datos junto a los big data enlazarían con el concepto de Machine Learning  o aprendizaje automático, que realiza de una manera eficiente la captura del conocimiento para mejorar de modo gradual el rendimiento de modelos predictivos y tomar decisiones en base a dichos datos, sin necesidad de programarlos. El aprendizaje automático está en en el corazón de la inteligencia artificial.

El conocido algoritmo de la inteligencia artificial involucra un modelo matemático que resume las propiedades de los datos con un objetivo que puede ser diagnóstico, predictivo o prescriptivo. La red neuronal sería un tipo de algoritmo de machine learning más complejo y su nivel superior denominado red neuronal profunda o deep learning reúne múltiples redes neuronales con un alto nivel de abstracción de datos.

El llamado internet de las cosas médicas es otro concepto que ya está en nuestro entorno y que implica la interacción de dispositivos móviles de monitorización de datos médicos en la red en tiempo real.

En cuanto a los algoritmos disponibles en la práctica clínica, los de mayor impacto están en el ámbito del diagnóstico por imagen y en cardiología, y van apareciendo algoritmos específicos que ayudan a la codificación clínica y al procesamiento de historias clínicas.

En geriatría, a la espera de la creación de nuevas herramientas, los algoritmos disponibles que podrían contribuir a nuestra práctica clínica, son el existente en diagnóstico de Alzheimer de modo precoz con datos proteómicos de plasma y líquido cefalorraquídeo y el algoritmo de diagnóstico de depresión por entrevista.

Respecto al campo del Internet de las cosas médicas disponemos de pastilleros inteligentes con numerosos estudios científicos, los dispositivos de detección de caídas y el proyecto ACTIVAGE se involucra en herramientas orientadas al envejecimiento activo.

Sobre la interacción, utilidad y futuro de la Inteligencia Artificial y el mundo sanitario he charlado con el Dr. Juan Manuel Pikatza, experto en este campo y colaborador con diversas entidades científicas involucradas en la aplicación de herramientas informáticas en las decisiones médicas. Respecto a las ya existentes guías de práctica clínica reconocidas por el Sistema Nacional de Salud, la recomendación apunta a que “Todas las guías deban incluir un algoritmo y un resumen de recomendaciones, e incluso facilitar la elaboración de herramientas electrónicas.” La conversión de las guías médicas en algoritmos de inteligencia artificial que ayuden a la toma de decisiones médicas es un reto de gran complejidad según el Dr. Pikatza, y exigiría un esfuerzo ingente con una colaboración estrecha entre expertos técnicos informáticos y profesionales sanitarios pero que aportaría seguramente un avance potencial en el avance del conocimiento médico (ver Fig. 1 y 2).

Probablemente y gracias al Machine Learning se ofrezcan nuevas soluciones a problemas médicos, pero siempre contando con la interpretación crítica del médico. Por otro lado, y tal y como aclara el Dr. Pikatza, las regulaciones a nivel europeo son muy estrictas y se están adelantando a este desafío de modo que cada algoritmo aplicado a las decisiones clínicas sea seguro y riguroso y garantice la seguridad del paciente.

Fig. 1 y 2. Conocimiento científico en Medicina e integración en Inteligencia Artificial: perspectiva del sanitario y del ingeniero informático (cortesía del Dr. Pikatza).

Parece que la visión multidisciplinar del geriatra, tan acostumbrado a situaciones complejas de enfermedad en el anciano, seguirá siendo clave e insustituible en el avance de la Inteligencia Artificial en el campo sanitario y debería estar presente en la creación de los potenciales algoritmos de decisión clínica en el paciente mayor.

Esperemos que la Inteligencia Artificial nos facilite la investigación y tarea asistencial en Geriatría, ante el hecho indiscutible del envejecimiento poblacional y del reto sanitario que supone.

Nota: agradecimiento al Dr. Pikatza de la UPV por su ayuda, y a la luz aportada por el Manual práctico de inteligencia artificial en entornos sanitarios de Juan José Beunza Nuin & Julo Bonis Sanz & Enrique Puertas Sanz & Borja Rodríguez Vila & Emilia Condés Moreno.

De Mª Concepción Vecino Vecino, médico geriatra en el hospital de Eibar (Gipuzkoa).

APNEA OBSTRUCTIVA DEL SUEÑO EN EL ADULTO MAYOR

La apnea obstructiva del sueño es uno de los trastornos del sueño más frecuentes en nuestra población. Su prevalencia aumenta con la edad y aunque se trata de una patología frecuentemente infradiagnosticada, se estima que la padecen entre 27-80% de la población mayor de 60 años (1). El objetivo de este tema del mes es hacer un breve resumen de esta patología incidiendo en lo que se conoce sobre su impacto en la salud del adulto mayor.


Definición:
Desde la publicación del último documento internacional de consenso sobre la apnea obstructiva del sueño (2), se actualiza su nomenclatura y se recomienda la denominación de “apnea obstructiva del sueño” y sus siglas “AOS”, eliminando el término previo que resultaba algo más complejo.
Se considera AOS cuando se cumple uno de los dos criterios (2):

  1. La presencia de un índice de apneas-hipopneas (IAH) ≥ 15/h predominantemente obstructivas.
  2. La presencia de un IAH ≥ 5/h asociado a uno o más de los siguientes factores: excesiva somnolencia diurna, sueño no reparador, cansancio excesivo y/o deterioro de la calidad de vida relacionada con el sueño, no justificable por otras causas.

Gravedad:
La valoración actual de la gravedad de la AOS es uno de los temas más ampliamente discutidos con respecto a esta patología. Su clasificación se basa exclusivamente en el IAH y no contempla otros parámetros que influyen tanto en el desarrollo de la enfermedad como en sus consecuencias a largo plazo. Además del IAH, se recomienda tener en cuenta el tiempo con saturación de oxihemoglobina por debajo de 90% (CT90), la somnolencia diurna medida por la escala de Epworth, el índice de masa corporal (IMC) y la presencia de comorbilidades cardiovasculares (hipertensión arterial, diabetes mellitus tipo 2, dislipemia, enfermedad coronaria, insuficiencia cardíaca y fibrilación auricular) (Fig.1). Sin embargo, no se dispone en la actualidad de puntos de corte ni de escalas concretas para incorporar estas variables en la clasificación de la gravedad (2).

Figura 1. Valoración de la gravedad del paciente con AOS en función de los parámetros objetivo recomendados por el Documento Internacional de Consenso (2). CI: cardiopatía isquémica. CV: Enfermedad cardiovascular o cerebrovascular; DLP: dislipemia; DM2: diabetes mellitus tipo 2; EVC: enfermedad vascular cerebral; FRCV: factores de riesgo cardiovascular; HTA: hipertensión arterial; ICC. Insuficiencia cardíaca congestiva.

Impacto de la AOS en el anciano:
Como ocurre de manera constante en el mundo de la investigación son pocos los estudios en población anciana acerca de esta patología. Es por ello por lo que me parece interesante destacar una reciente revisión llevada a cabo por Osorio et al. (1) acerca del impacto de la AOS en este grupo de población, que os recomiendo encarecidamente leer si os interesa este tema. Esta revisión recoge los principales estudios y revisiones y sienta las bases para próximas investigaciones en este área.


Impacto del AOS en calidad de vida (1,3): se cree que el AOS y la excesiva somnolencia diurna tienen menos impacto en la calidad de vida que en pacientes más jóvenes. Los impactos en calidad de vida estarían más relacionados con las comorbilidades, la edad, la saturación de oxígeno nocturna y el uso de medicación psicótropa.


Impacto del AOS en sistema cardiovascular (1,4): el AOS severo no tratado aumenta la morbi-mortalidad cardiovascular en ancianos incluso en edades avanzadas. Este aumento de mortalidad es debido sobre todo a los eventos cerebrovasculares y a la mortalidad asociada a insuficiencia cardíaca pero parece encontrase menos relacionado con los eventos isquémicos cardíacos. Esto se cree que es debido a que la hipoxia intermitente continua favorecida por el AOS da lugar a la formación de vasculatura colateral coronaria.


Impacto del AOS sobre función cognitiva(1,5,6): se cree que existe una relación bidireccional entre AOS y enfermedad de Alzheimer. Los pacientes con enfermedad de Alzheimer presentan un riesgo mayor de tener AOS y su incidencia aumenta conforme progresa el deterioro cognitivo. Además hay estudios que sugieren que incluso tratamiento con CPAP en estos pacientes podría retrasar la progresión del deterioro cognitivo.


Conclusiones:
La apnea obstructiva del sueño es una patología muy frecuente en el paciente mayor y se cree que puede presentar repercusiones diferentes en este grupo de edad. A día de hoy los criterios diagnósticos y de tratamiento no contemplan diferencias en función de la edad lo que muestra la necesidad de nuevos estudios para determinar las posibles características específicas que presenta esta entidad en el adulto mayor.


Bibliografía:

  1. Osorio RS, Martínez-García MA, Rapoport DM. Sleep apnoea in the elderly: a great challenge for the future. Eur Respir J 2022; 59: 2101649.
  2. Mediano O, González Mangado N, Montserrat JM et al. International Consensus Document on Obstructive Sleep Apnea. Arch Bronconeumol 2022; 58: 52–68.
  3. Martínez-García M-A, Soler-Cataluña JJ, Román-Sánchez P, González V, Amorós C, Montserrat JM. Obstructive sleep apnea has little impact on quality of life in the elderly. Sleep Med 2009; 10: 104-11.
  4. Martínez-García M-A, Campos-Rodríguez F, Catalán-Serra P et al. Cardiovascular mortality in obstructive sleep apnea in the elderly: role of long-term continuous positive airway pressure treatment: a prospective observational study. Am J Respir Crit Care Med 2012; 186: 909–16.
  5. Bubu OM, Andrade AG, Umasabor-Bubu OQ et al. Obstructive sleep apnea, cognition and Alzheimer’s disease: A systematic review integrating three decades of multidisciplinary research. Sleep Med Rev 2020; 50: 101250.
  6. Liguori C, Cremascoli R, Maestri M et al. Obstructive sleep apnea syndrome and Alzheimer’s disease pathology: may continuous positive airway pressure treatment delay cognitive deterioration? Sleep Breath Schlaf Atm 2021; 25: 2135–9.

Ana Isabel Soria Robles
R3 de Geriatría del Complejo Hospitalario Universitario de Albacete