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Hablando de la COVID

Hola a todos.

Hoy escribo a cuatro manos, y es que nos gustaría poder compartir con vosotros unas líneas a modo de reflexión tras el primer golpe por la crisis del coronavirus. Como podéis haber visto estos meses más que hablar de geriatría, el blog ha estado hablando de covid. Al principio de apoyo de lo que íbamos aprendiendo, y luego, no voy a mentir, de herramienta de desahogo personal de mis compañeros y amigos que así me lo pedían.

Antes del verano, me gustaría desahogarme también y contaros la vivencia que hemos tenido como médicos. Y digo hemos, porque por fortuna en esta epidemia no he estado sólo. Por fortuna he contado, no sólo con grandes compañeros, sino con grandes amigos. Mis grandísimos César “Flash” Gálvez y David Aivar. Sin olvidarme de una gran futura adjunta, superAna, o de Hector, Marta, Arturo, Cris…

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Parte del superequipo geriCSAPG celebrando un día especial

Así que para escribir esto he contado con el multifácetico David Aivar, que como yo, es médico especialista en geriatría. Pero él ha dado el do de pecho de verdad, ya que ha vivido esta crisis desde unos cuantos frentes. No sólo desde nuestra planta de agudos de geriatría en la que ha estado toda la crisis, a diferencia de los otros dos que hemos ido “entrando y saliendo”. Sino que también lo ha vivido desde el servicio de urgencias, y también como “médico responsable” de una residencia.

Antes que nada, quisiéramos mostrar públicamente la mayor admiración hacia varios colectivos de personas que hemos sido llevados a límites inimaginables, situaciones quizás más propias de la ciencia ficción pero tan reales como la vida misma.

En primer lugar, los compañeros: transporte sanitario, técnicos, administrativos, celadores, gerocultoras, equipos de limpieza, auxiliares de enfermería, enfermeras, médicas…

En segundo lugar, todos aquellos pacientes y usuarios que, más vulnerables o no, han superado la infección por la COVID19.

Y en tercer lugar a todas esas familias que hay detrás de cada uno de los afectados. Fueron semanas muy duras en las que no fue nada fácil permanecer en casa sin poder ver y acompañar a vuestros seres queridos.

Como bien sabéis la pandemia por la COVID19 ha bloqueado el mundo y ha dejado al descubierto, entre otras cosas, las carencias que por desgracia presentamos el sistema nacional de salud, no sólo las residencias como se está criticando. La situación ha sido tan rara que tanto yo como otros compañeros facultativos, nos vimos obligados a no poder continuar con nuestro trabajo al frente de las residencias. No por solicitud propia, sino porque esta labor iba a ser asumida por otros. No miento que esta decisión no viniera bien al hospital sobre todo cuando se han estado triplicando no sólo las UCIS y los equipos de guardia, sino que hasta se han convertido en día laboral los fines de semana y festivos.

La novedad, el miedo, la inexperiencia, el no tener los medios adecuados para enfrentarte a algo desconocido son elementos que sin duda han marcado nuestra práctica clínica diaria.

No quiero ni deseo entrar en un debate de falta de medios, abandono, ni nada por el estilo porque no es mi intención; pero tampoco quiero que seamos veletas vulnerables por las opiniones que vemos y oímos a través de los medios de comunicación.

Los que hemos estado en primera línea con vuestros seres queridos somos los primeros que lo hemos pasado mal. No os podéis imaginar la impotencia que se siente cuando ves medio servicio de urgencias además de la UCI, con gente de 40, 50, 60 años con un tubo en la garganta debatiéndose entre la vida y la muerte mientras tú lo único que puedes hacer es esperar que los tratamientos instaurados (todos con uso fuera de ficha técnica) funcionen y puedan mejorar y salvarse. O viendo como muchos de nuestros mayores en apenas unos minutos empeoraban y pasaban de estar bien a presentar un ahogo extremo y falleciendo. Por lo que lo único que podíamos hacer por su bien, era tratar el ahogo como lo llevamos haciendo hace años, con morfina, que ha sido en muchas ocasiones nuestra herramienta más efectiva. O cuando estando en las residencia ni siquiera podíamos contactar con los servicios de emergencia tras más de una hora al teléfono para plantear derivaciones hospitalarias porque estaban colapsadas las líneas telefónicas. Fueron momentos muy duros, excepcionales, a la altura de la realidad que estábamos viviendo.

Que no os engañen. A todos los niveles, ya sea hospitalario o residencial, nos vimos en una guerra muy desigual en la que sin saber nada de nuestro enemigo, fuimos llamados a filas con palos y tirachinas de madera en un contexto de desprotección total e inadmisible.

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Alguna de nuestras mejores armas en esta guerra que en muchas ocasiones ha escaseado: la protección, pero también la esperanza

Lo que también parece que está claro a día de hoy, entre la experiencia profesional conjuntamente adquirida y con la evidencia científica disponible, es que el concepto de reinfección por SARS-COV2 no existe. O al menos es la tendencia que nos están mostrando/marcando los últimos estudios realizados en estos meses. Se considera que los pacientes/residentes que han sido COVID positivos y que posteriormente se han negativizado, han superado la enfermedad y si empeoran, a día de hoy, no es por una reinfección por la COVID19.

Y es que en el mundo de la geriatría, las broncoaspiraciones, las alteraciones de conducta de las demencias, las infecciones respiratorias, las diarreas, las caídas, ITUs, e incluso los cánceres, siguen existiendo por si solas, sin que tengan relación con la COVID.

Además estamos viendo que hay muchas personas al que el confinamiento le ha sentado verdaderamente mal, incluso en aquellos que no han pasado la COVID. Así que tenemos que cuidarnos muy mucho de sobrepasarnos con los aislamientos pensando que todo lo que vemos en una persona que ha tenido la mala suerte de pasar la COVID es una reinfección.

Esto no quiere decir que nos tengamos que despreocupar y olvidarnos de todo. Porque aún tenemos una gran misión, como es evitar los famosos “rebrotes”, que pueden hacer que comunidades que se ha librado en esta primera oleada, se vean golpeadas ahora por la COVID. Para ello no olvidemos de guardar las medidas de higiene que tanto hemos oído, y que con el desconfinamiento da la sensación que ya nos estamos olvidando.

Así que aunque la COVID19 a nivel personal se pueda haber superado por lo que nos podríamos relajar, lamentablemente creemos que se abre un nuevo paradigma en el que no sabemos las consecuencias/secuelas a las que nos podemos enfrentar y en el que es posible que durante las próximas semanas podamos lamentar pérdidas secundarias directamente o indirectamente debidas a la COVID19.

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Por fortuna todas ellas aún están aquí, muchas otras no han tenido la misma suerte

Eso no significa que no hayamos, y estemos intentando hacerlo lo mejor posible, sino que lo sucedido no sólo nos ha superado y ha sido devastador a nivel estructural, sino que también lo ha sido a nivel personal, tanto para los sanitarios, como de los familiares, pero sobretodo de las personas mayores.

Un saludo.

David Aivar, Oscar Macho

Ahora os dejamos con nuestra canción del confinamiento que espero os alegre tanto como lo ha hecho con nosotros

Recuerdos

Recuerdo aquel día de mediados de marzo ,  en que por la mañana decía:

Es serio, es triste, es monotema, es real,  es lo que hay.

Yo me voy a trabajar, vosotros  quedaos  en casa   y vividlo como una oportunidad.  La oportunidad de organizarse, de leer, de estudiar, de hablar mirándose a los ojos, de ver pelis, de ordenar, de explicar cuentos , de pensar,  de jugar , del teletrabajo, de aprender , de reinventarse   y   ……. DE FRENAR  !!

Que esto…también pasará !

 

Recuerdo los  primeros días de nerviosismo,  de incertidumbre, de incredulidad, de trabajo desenfrenado, de agotamiento, de tristeza, de esperanza….

 

Recuerdo la soledad de las calles,  el vacío en la carretera,  ese  sentirse pequeño  ante la inmensidad  de todo,   ese ir y venir……

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Recuerdo el amanecer  precioso,  en soledad,  y el atardecer  precioso, sin nadie.,  y la noche preciosa ,  oscura, serena ,  en silencio.

 

Recuerdo ese querer  aprovechar y saborear esos  preciosos momentos, maravillosos de inmensidad  y soledad, que duraran  siempre,   disfrutarlos  como nunca,  quedármelos para mí.

Recuerdo  ese  querer  que esos momentos  pasasen  ya , desaparecieran para siempre,  se acabara esa realidad tan irreal, llegara  ya  el final   y volviera  el bullicio   y la gente.

 

Y recuerdo la envidia  de no estar  ahí , donde sabía que el trabajo era intenso  y excesivo,   luchando para aliviar la carga de los demás.

Y recuerdo el agradecimiento por no estar ahí,  por luchar en otro frente, por no estar expuesta ni yo ni los míos,  por todo  el sufrimiento y el estrés   ahorrado.

 

Recuerdo  con emoción los aplausos,  deseando  que no tuvieran  que existir.

 

Recuerdo la ambivalencia en mí.

 

Recuerdos  que ahora son eso, recuerdos.

 

Recuerdos  que   muchos  no querrán  recordar  jamás.

       Dra xxx

 

 

Desfase cero

En un mundo en el que todo fluye, que no para ni tiene interrupciones. Los habitantes somos como robots, seguimos una rutina de forma diaria sin pensar en que queremos o no queremos hacer, que nos gustaría o no nos gustaría hacer.

Pero, ¿qué pasa en la realidad?

Que tiene que pararse el mundo ya que si no; nosotros no paramos.

Quizás esto es lo que la Tierra nos ha querido decir. Nos quiere dar una lección de vida, nos ha obligado a interrumpir toda actividad de forma mundial ya que, si no, sabe que nosotros no lo haríamos.

Ha tenido que crear ‘un bicho’, ¡y qué maldito bicho!, que se expande rápido. Y así ha sido; continente a continente, país a país y ciudad a ciudad gracias (o no) a la globalización.

Mirábamos incrédulos a lo que ocurría a miles de kilómetros nuestros, pero no, esto sólo estaba comenzando y era nuestro presente también. Viéndolo venir, seguíamos ciegos porque no pensábamos que esa situación era nuestro presente.

Veis, ha sido así. ¡Qué ilusos!

Pero, de repente llegó.

Comenzó la cuenta de 300, 1000, 10000, 100000…. casos. Las noticias eran películas de acción; y, además, de las largas. No daban tranquilidad, era tensión constante.

Iban pasando los días y, la gente empezaba a hacer caso.

Pararon, paramos.

Algo inaudito, ¿verdad?

Interrumpir nuestro día a día.

Parar nuestros quehaceres, crear nuestra oficina en casa, cerveza conjunta en compañía de videollamadas, transformar el salón en gimnasio, una rutina en casa como nunca antes habíamos imaginado. Contactar con nuestras familias a diario porque en la distancia todo se magnifica. Tirar la basura era el mejor momento del día junto con aplaudir y saludar a los vecinos a las 20h.

De todas formas, para los que sí salíamos a la calle día tras día, a trabajar y dar todo en los hospitales, las calles y carreteras se habían transformado en lugares inhóspitos, ya no eran lo que conocíamos. Hasta te sentías que no pintabas nada en ellas, las querías llenas de señores con cachava, niños jugando con pelota, grupos de adolescentes. Básicamente, necesitabas bullicio.

Sin embargo, los semáforos cambiaban de color sin esperar peatón que cruce; los patios de colegio se quedaban en soledad sin gritos ni juegos; las paradas de autobús se quedaban sin gente en la marquesina; los ascensores sin conversaciones del tiempo que iba a hacer; los coches llenándose de hojas porque no pensaban en sus salidas de fin de semana; las salas de cine sin estrenos empezaron a perder el olor a palomitas; los restaurantes vacíos sin terrazas al sol; los partidos de fútbol se veían desde casa repetidos; y las salas de teatro o los conciertos con el telón sin abrir y sin público en los asientos.

¿Cuánto hemos cambiado y en qué poquito tiempo? Todo esto ha ocurrido en los últimos 60 días. Hemos ido adaptándonos, no nos ha quedado otra opción.

Así sí

Ahora, al menos, ya sabemos que lo podríamos tener que volver a hacer si ahora lo volvemos a hacer mal. Pero sé que no lo haremos, hemos aprendido, o eso espero. Siempre hay que pensar en positivo.

Hemos sido responsables, hemos realizado un esfuerzo, hemos respetado y ayudado a los más vulnerables, a nuestros ancianos.

Nos hemos quedado en casa por ellos, por salvarnos, por salvarlos.

Ellos que han trabajado desde los 10 años, ellos que no pudieron ir a la escuela, no tuvieron esas oportunidades, que vivieron una posguerra y pasaron hambre, pero salieron adelante, trabajaban días enteros sin quejarse, conformándose, hicieron que los alimentos no faltarán en la mesa día tras día para sus hijos y que luego, se hicieron cargo de sus nietos.

Entonces, llega la desescalada. Acaba de empezar y creemos que todo ya terminó.

Que la pesadilla finalizó, que todo lo vivido ya no volverá.

Es otra fase, sí, pero igual o más importante que la primera.

Hay que ser igual de responsables que lo que hemos hecho hasta ahora. No lo estropeemos ahora.

Hay que seguir manteniendo la distancia, aunque te apetezca abrazar a tu amigo del alma que no has visto estos meses, o a tu abuelu-baba-tato-yaya…

Hay que seguir lavándose las manos después de salir a jugar con tus críos, aunque no hayan tocado a ese perro que tanto les gusta.

Hay que seguir dejando el bolso y las llaves en esa caja al lado de la entrada, aunque cada vez que la mires se te pongan los pelos de punta.

Hay que seguir limpiando el móvil y tus manos después de usarlo, aunque te parezca una locura.

Hay que seguir tosiendo al codo o llevar la mascarilla cuando tienes ese moquillo que se te cae por la nariz.

Hay que seguir igual de civilizados.

Así no

Con las mismas ganas que antes, pensando que esto lo pasamos juntos.

Cuando acabe esta etapa,

cuando los hospitales vacíen sus camas,

cuando las urgencias se vuelvan a llenar,

cuando los restaurantes tengan lista de espera,

y, en las salas de cine se peleen por la fila 1.

Solo espero poder acordarme de lo vivido,

de que una vez paramos

y todos hicimos lo que debíamos:

disfrutamos del día a día,

nos preocupamos de nuestra salud y la de los nuestros.

Lo miraremos con perspectiva,

y suspiraremos con alivio.

Marta Arroyo Huidobro

Médico residente CSAPG

La pérdida

Todos hemos perdido algo en estos meses de guerra incesante, una guerra invisible y tan devastadora que en un espacio tan corto de tiempo, parece que va a diezmar a más personas que la Segunda Guerra Mundial.
Hemos perdido el tiempo. Eso que es tan valioso y que nunca recuperaremos. Tiempo para ganar al virus, para proteger a la población, para tratar a todo el mundo en lugar de esperar en casa a que entrarán en las UCIs que no daban abasto. Para proteger a los sanitarios…
Hemos perdido trabajos, sueldos, dinero, abrazos, besos, reuniones…. Hemos perdido los juegos de los niños, el cole, la bici. Son los que mejor se han portado, los que lo entienden todo a la primera y son más responsables de lo que se les debería pedir. “Aunque no lo veas, no lo pierdas de vista”. Esta es la despedida nocturna diaria de mis hijas. Ellas han perdido la confianza de que un día exista la posibilidad de no volverme a ver.
Muchos habrán perdido la fe. Así, cada uno con su historia, con su problema, con su desgracia.
Muchos han perdido lo más importante: han perdido la vida. Personas jóvenes, mayores, muy mayores. Y sus familias han perdido la oportunidad de despedirse, no les han vuelto a ver después de dejarles en la puerta del hospital. Hemos perdido una oportunidad preciosa de evitar muchísimas de estas pérdidas. Chicos jóvenes con toda la vida por delante, madres y padres que dejan a sus hijos,  abuelos que no volverán a cuidar de sus nietos.  Famosos, pobres, ricos… no hay distinción. Pero la pérdida es la pérdida.
¿Y qué hemos perdido los sanitarios? Yo he perdido el sueño, no poder abrazar a mi familia, no acercarme por miedo a contagiarles… algunos me decían que me fuera de casa, que sacara a mis hijas de ahí, pero no. Me he negado a perder a mi marido y a mis hijas. Aunque todos los días me siento culpable por si les pasará algo por mi culpa.
He perdido las charlas con mi hermana y con mi mejor amigo, que ahora son a distancia o por teléfono. Pero no es lo mismo… Me estoy perdiendo a mi sobrino.
He perdido muchos compañeros, conocidos o no, duele como si fueran tuyos. El ver la sonrisa de mis enfermeras y auxiliares, y la mía propia. Porque no me sale.
He perdido seguridad, porque entro a ver a mis pacientes envuelta muchas veces en bolsas de basura y sin saber si soy yo la responsable de su contagio. Que me contagien a mi ni lo sé ni me importa. No me han dejado hacerlo mejor.
He perdido la confianza en todos los que no están al pie del cañón. Ocultando información, creando esa incertidumbre que tanto les gusta, enfrentándonos unos a otros, como si de una batalla se tratara. Divide y vencerás.
Y sobre todo, he perdido pacientes. Aunque firmemente creo y espero que todo el mundo piense igual, no por nuestra “culpa”. Cómo les gusta algunos esa palabra… “habrá sido por tu culpa, habrá que compartir responsabilidades “. No, lo siento, no las comparto. Hemos trabajado como nos han dejado, como hemos podido, sin descanso, sin pedir nada a cambio. Porque es lo único que sabemos hacer. Ni héroes ni nada. Terminaremos siendo los villanos que siempre nos quieren hacer. Porque somos los únicos que no eludimos nuestra responsabilidad. No os olvidéis de esto. Y cuando quieran depurar esas responsabilidades y todas recaigan sobre los médicos, espero que os acordéis de todos esos aplausos, de todas esas fotos, de todos esos sanitarios que han muerto dando la vida por vosotros, por vuestras familias. La memoria es lo que tiene, que también se pierde fácilmente.
Yo he perdido el miedo a todos los que no nos dejan trabajar como debiéramos, como se merece el paciente, como nos merecemos nosotros. Como nos gusta trabajar. La consideración y reconocimiento por parte de las autoridades es nula. He perdido la fe en la justicia ( la verdad es que esa hace ya mucho tiempo ) Todo está escudado en una guerra en la que “se hace lo que se puede”. Mentira. Se ha podido hacer mucho más, mucho mejor. Me diréis que divago, que soy una demagoga… os aseguro que no. Una mascarilla a la semana y un EPI lavado y relavado cuando acaban de recetar una mascarilla FPP2 a toda la población de la comunidad de Madrid…. Estamos perdiendo el norte.
Eso sí, he ganado en cariño, en valorar los te quiero, los abrazos que no existen, los besos robados con miedo. Y he ganado en paz. En la Paz de haber intentado hacer todo lo posible, lo imposible para hacer mi trabajo como debe ser. Aunque a otros no les importe. Igual que todos mis compañeros.
La pérdida nunca la recuperaremos. Espero que los que os encargáis de esto (desde el primero hasta el último mandamás, del color o del hospital que sea) no sigáis perdiendo la cabeza y os ganéis el respeto que muchos ya os hemos perdido.
A las palabras de “no creemos que los sanitarios aguanten otra crisis como esta” o algo así…. que equivocados estáis. Nosotros seguimos aquí. Somos de otra pasta. Quizá las que no aguanten sean vuestras conciencias…
Mi aplauso hoy es para mis grandes pérdidas, mis pacientes de 80 a 100 años, de mi hospital, de cualquier hospital, de las residencias… y para sus familias. Ese tiempo perdido ya nunca volverá.

 

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No sabemos de quien es la foto, pero mi aplauso va por ellas

 

Gema Domínguez de Pablos
Médico especialista en geriatría
Hospital Guadarrama

 

Los aplausos

Quizás cuando los aplausos de las ocho cesen ya podremos andar erguidos. Quizás entonces llegaremos a casa y abrazaremos a nuestros hijos.  Quizás nuestra pareja volverá a ser amante y los besos dejaran de ser fugaces para permitirse ser traviesos.

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Quizás cuando los aplausos de las ocho ya no se oigan, tampoco oiremos nuestro propio miedo. El miedo a traer el enemigo a casa.  Quizás podamos aparcar la tristeza; la que bebemos de tantas familias, la que tapamos con sábanas en tantos rostros.

Quizás cuando los aplausos de las ocho sean recuerdo, ya no le dolerá la espalda a la limpiadora, y las auxiliares volverán a ser dueñas de sus horas. Quizás los festivos vuelvan y dejemos de estar atrapados en una única hora, siempre laborable.

Quizás cuando los aplausos de las ocho sean olvido, podremos volver a correr y sentir el viento golpeándonos libre en la cara. Podremos oler el mar y hundir la nariz en el pelo de nuestros hijos. Quizás entonces los espejos vuelvan a existir y nos devuelvan algo parecido a nosotros mismos.

Quizás cuando los aplausos de las ocho ya no resuenen en la memoria, será el momento de preguntarnos si queremos volver a ir desnudos a la batalla. Preguntarnos  si queremos que en la próxima guerra sea nuestro coraje el único escudo. Quizás entonces debamos quitarnos la mascarilla y abrir la boca.

Volver a tener boca. Y gritar.

Y entonces sí, cuando nos escuchen, volverá a haber aplausos.

Los nuestros.

 

Leire Narvaiza

Mirar dos veces

  • No, a este paciente solo no me lo llevo.

Ramón se la quedó mirando fijamente, su expresión no cambió demasiado (ahí tengo yo un poco de culpa) pero soltó un tímido “¿Qué?”.

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Una maravilla de Chema Madoz que invita a mirar dos veces

No le hizo falta repetir la pregunta. Dani, el enfermero de la planta estaba ya discutiendo con el técnico de la ambulancia.

  • Este paciente puede irse solo perfectamente, está bien, él sabe dónde va.
  • No me lo llevo. Todos saben que tipo de pacientes están ingresados en una planta de salud mental y el por qué. Solo no puede ir. A saber qué hace en la ambulancia.

En algún momento, no se muy bien cuando, se dibujó una frontera. Enfermero, paciente y yo, en línea, frente al técnico. Dani y yo diciendo “No” y Ramón mirándonos a todos, sin cambiar su expresión, pero seguro que sorprendido ante tanto revuelo.

Finalmente, el técnico se llevó a Ramón, con su diminuta maleta, esa maleta en la que guarda prácticamente todo lo que posee.

Y días más tarde, aun pienso en ese momento. Por un lado, con cierto orgullo, no lo voy a negar, porque formamos un muro firme que logró, por una vez, aunque fuera por un momento, quebrantar el estigma que aun pesa sobre los enfermos mentales. Un estigma que nosotros acostumbramos a ver doblemente, porque además de ser locos oficiales, son ancianos.

¿Cuál es el problema? ¿De qué tenemos miedo? ¿De qué nos peguen? ¿De qué se contagie su locura? ¿De qué nos digan algo raro?

¿O de que nos descubran?   Que nosotros mismos descubramos que no somos tan diferentes a ellos.

Porque es evidente que en la planta navegamos entre embarazos post menopaúsicos, amores imposibles, vírgenes y persecuciones eternas. Y si, es un lugar donde la televisión nos lanza mil mensajes, las palabras retumban y las miradas se funden con el suelo.  Pero eso es solo lo que salta a la vista.

Si volvemos a mirar descubriremos a madres preocupadas por sus hijos, mujeres que cada día se acercan a la puerta esperanzadas ante la idea de que su marido las venga a buscar. “Hoy sí, doctora, hoy vendrá”. Pero no viene. No va a venir.

Hombres que miran por la ventana absortos por un paisaje que no cambia, porque se ha convertido en lienzo tras los cristales.

Y todos, con sus historias, con sus miedos, conviven. Entre una soledad evidente en algunos casos, dura e irrefutable. Pero en otros, esa soledad muta en solidaridad, en compañerismo.  Así, el que anda mal es ayudado por el que anda bien. Se esperan, se prestan la ropa, se regalan sus pequeños tesoros. Y es entonces cuando su soledad evidente se convierte en soledad compartida.

Porque la planta es un lugar donde a veces la música de las voces nos vuelve sordos, pero aun así ellos son capaces de ver lo valioso que hay en un único regalo de navidad. Con una colonia se sienten ricos. Felices con un abrazo, pletóricos con un beso.

¿Son estas personas “normales”? ¿Son como nosotros?

Rotundamente no. No son normales. Yo tampoco lo soy. Ni quiero serlo.  Nos vestimos con un disfraz de normalidad para difuminarnos, para encajar. Y así, disfrazados podemos vivir en nuestra soledad concurrida. Donde estamos rodeados de gente, pero solos. Donde nadie ayuda al que anda mal. Nadie espera a nadie. Donde una colonia es poco. No es nada. Donde la belleza deber ser evidente. La perfección aparente es la meta. Queremos más. Siempre más.

Y en esa ansia se nos olvida mirarnos. No una vez, no para saludarnos o para hablar de forma superficial. Si no mirarnos de verdad. Ver que hay detrás, detrás de los muros. Lo imperfecto y raro. Lo feo. Lo valiente. Mirarnos sin miedo.

Así que no, no creo que sean como nosotros. Aunque tampoco tengo muy claro quién es “nosotros”.

Creo sinceramente que son mucho mejores.

Y quizás en este momento en que a veces las banderas nos obligan a ser dicotómicos, aunque nos rompa. En estos tiempos en que el consumo es la premisa. Donde no tenemos tiempo de pensar. Quizás es el momento de saber parar. De mirar dos veces. De mirar al rostro de Ramón, inexpresivo y algo vacío. De mirar su maleta diminuta y de ver al hombre asustado y simpático que es.

Pero hay que mirar. Mirar dos veces.

 

Leire Narvaiza

Medio ambiente y geriatría

Seguro que estáis saturados de información medioambiental, de la importancia de los coches eléctricos, de lo importante de reducir, reutilizar, reciclar y cosas varias sobre el cambio climático. Y sobretodo ahora con toda la información sobre la cumbre del clima organizada por Chile en Madrid de estos días.

Y seguro que os preguntaréis qué tiene que ver un blog de geriatría con el cambio climático, pues mucho más de lo que pensáis.

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el planeta enfermo según MasterTux

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¿Es malo estar a favor de la regularización de la eutanasia?

Esta entrada es la que más me ha costado escribir, y a la vez la que menos.

Tengo tan clara mi opinión, que no me ha costado nada escribirla. Pero me ha costado varios años atreverme a hacerlo.

Ser médico y decir que estoy a favor de que se regularice la eutanasia creo que es algo que no está bien visto, es más puede ser hasta peligroso.

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Recordando entradas para el podcast. “Cuidadores, los profesionales que curan dedican su tiempo”

Este año, como ya empezamos el año pasado traeremos algunas de las entradas con más éxito, o a las que tengo “más cariño” pero en un nuevo formato.

Entradas que gracias a una joven actriz, Cristina Martínez Reig, sentiréis más vivos, y espero más cercanos.

El año pasado comenzamos con uno muy especial para mi. Y hoy os traigo uno muy especial para una gran colaboradora, como es Gema, pero sobretodo amiga. 

Si no habéis leído esta entrada os pediría que dediquéis unos escasos 5 minutos, no os arrepentiréis. 

 
 
 

Por si acaso prefieres leerla en vez de escucharla, acá va de nuevo

Cuidadores, los profesionales que curan dedicando su tiempo

Reflexiones de alguien que comienza y otra que termina la formación especializada en geriatría.

Hace justo un año afronté el comienzo como médico residente con muchas ganas y alegría, temerosa ante el reto que sabía que iba a suponer este cambio de vida, pero igualmente convencida de que había elegido la especialidad médica más bonita, aquella que es capaz de integrar la medicina en su hábitat natural, la sociedad. Un arte que busca la singularidad de  cada caso con el objetivo de hacerlo suyo y así, en una labor un tanto detectivesca, ofrecer a cada persona la solución a su problema. Para mí, la más humana de las ciencias médicas, la que recuerda a los olvidados y los cuida, esa que continuamente crece y madura.

¿Qué? ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Cuándo? ¿Dónde?… ¡¿Geriatría?!… En multitud de ocasiones preguntas como éstas venían como una avalancha. Familiares, amigos y compañeros del gremio, asombrados a la vez que preocupados, cuestionaban mis deseos. Incluso yo misma, en esa amalgama de inseguridades post-examen, me fundía con las impresiones en contra – o simplemente no a favor –  sobre mi especialidad: una disciplina médica que, como cualquier otra, guiada en mayor o menor medida por tu instinto, escoges de entre esa lista que los recién llamados a ser MIR solemos titular “Especialidad y lugar por orden de preferencia”, y que te acompaña al Ministerio de Sanidad en el tan esperado y monstruoso día de la elección de plaza. Aunque, como pueden apreciar, finalmente hice lo que mi voz interior me repetía y obvié lo que mi cerebro, influido por el “factor ambiente”, se preguntaba sin parar: “¿Cómo que Geriatría?”. Era el inicio de una nueva etapa, mi nueva vida.

Mis años de residencia ya están llegando a su fin, es más hoy es mi último día oficialmente como MIR. Desde aquel día en el Ministerio de Sanidad cuando se hizo realidad la elección de mi primera opción, hasta el día en que escribo este texto, han pasado ya cuatro años. Murciana, pero de la escuela de Albacete (como las escuelas de los grandes filósofos); quién habría imaginado que estudiar Medicina en esa ciudad me permitiría conocer la que está siendo mi vocación en la vida, la Geriatría.

Hemos elegido una especialidad completa, pero también compleja; de las que, cuanto más sabes, más te das cuenta de lo que te queda por aprender. Debido a esto y a la negativa a que se quede algo en el tintero o a la necesidad de llevarnos lo mejor de esta experiencia, ser residente se convierte en algo duro y sacrificado, pero especial y gratificante.

Y es que en la vida de todo médico, este período marca mucho. Marca porque te descubres como trabajador, como especialista, como urgenciólogo y como persona. Aprendes “a base de palos” además de libros, sesiones, geriatras, y mentores que nos inspiran a ser buenos profesionales y a dar lo máximo en las mejores y peores situaciones. Pues no todo está en los libros, ni en el último artículo publicado, sino en el paciente, en la escucha activa… en el deseo diario de mejorar por y para ellos.

Así que, cierro una etapa y abro otra, habiendo aprendido que la calidad de ésta dependerá de cómo equilibre mi vida personal y laboral. Encajar proyectos profesionales y personales puede llegar a ser tan difícil como implicación tengas en ambas cosas, pues aunque sabemos que el paciente debe de ser el centro, a veces, por nuestra situación vital, no puede ser así. Y creo que, en este equilibrio desequilibrado, tenemos derecho a no estar siempre de buen humor ni en la cúspide de nuestra carrera profesional.

A dos meses de finalizar mi primer año de residencia en el Hospital Universitario de Getafe, puedo decir que creo no haberme equivocado. Aunque no todo es bello, continúa patente la indiferencia y apatía de compañeros y de la sociedad española hacia la Geriatría y más todavía, hacia la tercera edad en su conjunto, algo que tendría que sorprender teniendo en cuenta que España es el segundo país más envejecido a nivel mundial. Me planteo entonces el importante y laborioso trabajo que tenemos los que creemos en esta disciplina para ampliar el ángulo a esos “glaucomatosos”, demostrándoles que podemos y debemos ser un complemento, el que demanda esta sociedad tan anciana.

No dejemos de disfrutar junto a nuestros pacientes porque todo lo que empieza, acaba, y no hay mejor residencia que lo que te pueden enseñar aquellos que ya le deben años a la vida.

 

María Isabel Tornero López, MIR1 de Geriatría. Hospital Universitario de Getafe. @MissTorneLo

Carmen Alcaraz López, MIR4 de Geriatría. Hospital Central de la Cruz Roja de Madrid. @Mencitas