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Residencias: espacio libre de barreras ¿al sexo?

En la anterior entrada sobre el sexo en residencias comentábamos que el deseo sexual puede permanecer a lo largo de la vida de una persona, sin embargo, en los centros de asistencia a mayores no abundan las prácticas sexuales. En esta entrada analizaremos qué barreras dificultan la vida sexual de los usuarios de una residencia.

Exceptuando los motivos patológicos o farmacológicos, los principales factores que influyen en la escasez de relaciones sexuales en residencias son: (1)

  • Cultura institucional
  • Valores del usuario y/o familia
  • Actitudes de los trabajadores

Cultura institucional:

La cultura institucional es el conjunto de valores, prácticas, usos y costumbres que una institución aplica para su funcionamiento y resolución de problemas. Una de las preguntas para analizar esta cultura es ¿Crea problemas en la residencia que los usuarios mantengan relaciones sexuales? Si la respuesta es afirmativa significa que carecen de herramientas para gestionar estos casos. Según el documento de F. Villar et al. (2) cuanto más desarrollada esté la atención centrada en la persona mejores actuaciones se toman ante situaciones conflictivas reduciendo así las conductas restrictivas y ofreciendo un atención más integradora.

Una cosa que tiene que quedar clara ya en el ingreso de una persona es que tiene derecho a la vida sexual, se le debe preguntar sobre su historia sexual o facilitar la expresión de tal necesidad, incluso se puede canalizar la conversación hacia el tema para que sea el propio usuario el que se manifieste al respecto. Si en el ingreso es difícil abordar la vida sexual se pospondrá hasta que la confianza mutua entre residente y trabajadores sea la adecuada para abordarlo. Los datos obtenidos en la valoración deben incluirse en el plan de atención individualizada y los cuidados deben orientarse al logro de los objetivos establecidos en ese plan. Resumiendo, normalizar e intentar proteger esta necesidad como un cuidado más, es decir como hacemos con el resto de las actividades de la vida diaria.

Valores del usuario y/o familia

El valor que le da el usuario a su vida sexual es fundamental, tanto si quiere ser sexualmente activo como si no lo desea, tanto si quiere hacer sexo en pareja como él sólo, tanto si es heterosexual como si no lo es. Es el residente el que debe decidir sobre estas cuestiones y con quien compartirlas. En muchos casos la actitud de los mayores, fruto de su educación estricta, es la que pone obstáculos a la sexualidad, bien por convicción bien por miedo a su imagen y autoimagen. Hay que tener en cuenta que vivir en una residencia es vivir en una comunidad que, al fin y al cabo, termina pareciéndose a un pueblo donde “todo se sabe” y desencadena el temor a ser el centro de los comentarios, miedo a “el qué dirán”, desanimando así a tener una vida sexual libre.

En cuanto a las familias el problema surge cuando su padre/madre inicia una nueva relación durante su vida residencial. Aparecen dudas de  su capacidad mental, de si estará siendo objeto de abusos, dicen que en casa nunca había expresado tal necesidad sexual e incluso ponen en duda la calidad de atención de la institución por no haber impedido que esto sucediera.

Actitud de los trabajadores

A veces la actitud del personal va dirigida a reñir, prohibir o ridiculizar las actividades sexuales de los mayores. También es frecuente el “chismorreo” de modo que al descubrirse algún tipo de relación sexual automáticamente lo sabe todo el equipo, aumentando así la vergüenza y humillación en el mayor inhibiendo las ganas de tener nuevas relaciones. Los mayores que sufren estas situaciones humillantes se mostrarán temerosos a ser descubiertos reduciendo así su actividad sexual.

Estas actitudes del personal y la perpetuación “iatrogénica” de estereotipos edadistas son fruto de una deficiente formación en salud sexual del mayor y en atención centrada en la persona. También la falta de directrices claras, la inexistencia de un marco de actuación bien definido y una cultura institucional obsoleta son el alimento perfecto para que estas nefastas maneras de cuidar se perpetúen.

¿Cómo solucionamos esto?

Fundamentalmente cambiando el modelo de residencias, transitar del modelo biomédico u hospitalario a uno centrado en la persona. Incluyendo en las entrevistas, en la carta de derechos y en demás documentos el derecho a la vida sexual (2). Conocer los valores del usuario en cuanto a su vida sexual y su reflejo en el plan de cuidados nos ayudará a adaptar la atención a sus preferencias. En cuanto a las familias, habrá que formarles, informarles y abordar las dudas multidisciplinarmente.

Además de modificar el modelo de atención y la cultura de la institución, hay que dotar de recursos el centro para no obstaculizar la vida sexual de los residentes. Por ejemplo:

  • Disponer de camas de matrimonio para las parejas que ingresen o las nuevas parejas formadas o, al menos, poder juntar las camas individuales aunque sean más dificultosas de hacer y entorpezcan los cuidados nocturnos
  • Lugares donde mantener relaciones, si se me permite algo tipo “vis a vis”, porque  por ejemplo si un usuario comparte habitación con otro señor y viene su mujer y quieren tener relaciones ¿Dónde lo hacen?
  • Pestillos, carteles de “no molestar” o la posibilidad de solicitar que no se entre en la habitación a horas determinadas. Esto es lo más conflictivo por el sobreproteccionismo que hacemos y por el miedo a que le pase algo al usuario y tardemos en actuar o no nos demos cuenta del accidente hasta la mañana siguiente. Sin embargo, erradicarle al mayor el “miedo a ser descubierto” le garantiza una seguridad para disfrutar del sexo con más tranquilidad.
  • Algunos autores van más allá sugiriendo que haya acceso a pornografía o incluso asistentes sexuales para personas con diversidad funcional. Lo cierto es que no tengo experiencia con estos recursos ni formación específica en ello como para valorar su legalidad e idoneidad, pero sirva para la reflexión del lector.

En conclusión, aceptemos que los mayores tienen vida sexual, que es un derecho reconocido por la Organización Mundial de la Salud, que los profesionales somos los garantes de sus derechos y que nuestro trabajo tiene que centrarse en las personas que cuidamos. Normalicemos, interioricemos y desarrollemos actitudes proactivas para la vida sexual de los mayores, o por lo menos eliminemos las actitudes que impiden la vida sexual en las residencias. Y luchemos incansablemente por erradicar mitos y estereotipos que estigmatizan a los mayores.

La intimidad es fundamental para la vida sexual (Icons made by Freepik from www.flaticon.com)
  1. Villar, F., Celdrán, M., Fabà, J., Serrat, R., y Martínez, T. (2017). Sexualidad en entornos residenciales de personas mayores. Guía de actuación para profesionales. Madrid: Fundación Pilares para la Autonomía Personal.
  2. Villar, F., Celdrán, M., Serrat, R, Fabà. J., y Martínez, T. (2017). Sexualidad en centros residenciales para personas mayores: actitudes de los profesionales y políticas institucionales. Resumen de resultados. Serie Documentos ACP-gerontología, nº 5. Disponible en http://www.acpgerontologia.com